jueves 11 de septiembre de 2008

Vida eterna

Se me había ocurrido la idea de escribir un cuento sobre la rutina, una cuestión ya muy recurrente en todo lo que escribo. Tal vez puedas relacionar de inmediato el tema de esta idea con el título que le puse al cuento, o ensayo, o poema que estoy escribiendo; nada sorpresivo en eso, no estoy de humor para concentrarme en elaborar tramas confusas ni finales descabellados, mucho menos para guiarte por un camino equivocado y luego construirte un puente sobre el vacío hacia otra historia insospechada, la cual, de alguna manera, se conecta con ese primer camino, y con el título que le pude haber puesto al escrito aleatorio con el cual pudiste haberte cruzado. Hasta yo puedo marearme en esos puentes frágiles que se balancean con el pensamiento de los lectores, fáciles de derrumbar con una sola piedra, un solo argumento… aunque me esfuerzo bastante en que no te fijes en las grietas de esos pasajes, sino más bien en el risco que tienes frente a ti, esperando a que llegues y me insultes varias veces por haberte hecho cruzarlo sólo para divertirme en contarte un final incoherente.
Pero esta vez no. Si esperabas emociones tontas (como lo son las que suelen dar los cuentos… o al menos los míos) aquí no las encontrarás. Esto trata sobre la rutina.
Quizá pueda hacer un cuento después de todo, sin salirme de los hábitos. Pero primero necesito a un personaje, o a unos cuantos, que te guíen por el puente endeble. ¿Le doy voz de narrador? ¿O se la doy a un amigo, a un hermano… a su madre, qué sé yo? También me la puedo quedar yo, si prefieres caminar solo por el puente. Te prometo que no te caerás si lo cruzas rápidamente y siempre viendo hacia delante; incluso podrás voltear de vez en cuando si sientes que una tabla estaba a punto de romperse. Pero si comienzas a mirar hacia arriba, o hacia abajo, te garantizo que caerás y el único final que podrás escuchar de mí será un grito incomprensible, llevándote el final incoherente contigo al fondo del abismo que separa al título de un cuento de su punto y final. Hazme caso y mira hacia delante.
Bien, entonces, para que no andes solo, tu compañero te irá narrando su historia. No sé si prefieres a un hombre o a una mujer, pero como esta noche no me siento nada creativo, será un hombre. Es más simple. Ahora, con respecto al nombre siempre es un problema decidirse. Es una verdadera lástima que los personajes no tengan padres que se encarguen de esos molestos detalles. En estos casos lo que suelo hacer es mezclar nombres conocidos, no sé si te habrás dado cuenta de eso… de hecho, con suficiente mala suerte es muy probable que haya usado el tuyo en algún momento. No te pasará nada malo, eso no se gasta… así suena menos horrible el abuso, disculpa. Tal vez sea mejor darle mi propio nombre para que no te confundas, pero no me voy a rebajar al nivel de una autobiografía. Hoy el nombre del personaje será el tuyo, puede que así te sientas más identificado con tu compañero. Ahora, si eres mujer, te has encontrado con una piedra en el camino… tendrás que imaginarte a unos padres tan despreciables capaces de ponerle nombre de mujer a su hijo varón; o, si te gusta lo… raro, tal vez sea más fácil hacer de mi personaje un travesti, y he aquí el único caso en que este cuento tendrá incoherencias, lucky you!
Ya tiene sexo, ya tiene nombre. Le di voz. Ahora tendrá que hablar. Pero, debido a que es sólo un personaje al que le he dado vida, la conversación que tendrá será contigo. ¿Te parece? Suena hasta entretenido ver cómo habla un personaje con un lector, sé que es algo que siempre he querido hacer… no como lector, sino como personaje. Aun así, no sé de qué podrían hablar estando en un puente. ¿Hablarían del clima? ¿De política? Nunca he estado en una situación ni remotamente parecida a la de un puente frágil, así que no tengo idea de lo que podrían hablar ustedes dos, si es que hablarían en absoluto. Quizá sólo hablen del puente en sí mismo, tal vez así tendremos una idea de cómo llegaste ahí, junto con mi personaje. Además, hablando es la única manera en que podrás conocerlo.
Entonces resumo: tú e (imagina tu nombre aquí) están cruzando el vacío sobre un puente que puede desplomarse en cualquier momento. Parados en medio de las tablas delgadas, como de cartón, (imagina tu nombre aquí) se voltea, ya que él estaba de primero, y te dice:
—Se acerca una tormenta.
No, no, el clima no es un buen tema de conversación para este momento. Déjalo tratar otra vez, es primera vez que habla con alguien así que me disculpo por él.
—Estoy seguro de que va a ganar el negro.
¡No, no, política tampoco! ¡Qué desgracia de personaje!
—Cuidado con esa tabla floja allá atrás, no quiero que te caigas— dice (imagina tu nombre aquí).
Ahora sí está mejor ubicado. Pero me encuentro con un obstáculo, y es que no puedo presumir que sepa cuál sería tu respuesta porque, francamente, no te conozco. Así que tendrías que responder tú. Y como yo estoy aquí y tú estás allá, veo esta conversación un poco improbable. De modo que no tiene ningún sentido continuar con esta idiotez, así que no me queda otra que matar a (imagina tu nombre aquí). Para hacerlo rápido y sin dolor, simplemente se resbaló y cayó por un costado del puente sin que tú pudieras hacer nada, abandonándote en medio del vacío. Dejo a tu discreción el llorar o no la muerte de (imagina tu nombre aquí), pero, si esto te ayuda, te informo que no es el primer personaje inútil que muere de esta manera. Claro que en la vida real este argumento es igual de válido, y todavía hay gente que lamenta la muerte de alguien. Por eso es mejor ser un narrador, como yo, sin más sentimientos que los que disponga para mí el autor de este escrito.
Y así termina un honesto intento de desviarme de la rutina; y, como no ha funcionado, lo siento mucho pero te arrastraré de nuevo a los hábitos conocidos; al razonamiento de todos los días, donde nada está fuera de la mente y de lo probable.
Nada nos puede impresionar ya, hemos perdido la capacidad de sorprendernos. Uno se da cuenta de esto cada vez que intenta dar una fiesta sorpresa y es imposible que salga como se espera… Bien, si eres lo bastante observador te habrás dado cuenta de esta paradoja, y te juro que salió totalmente por azar, nadie había planeado esa contradicción. Parece que soy un as en esto de refutar mis propias afirmaciones. Nunca deja de sorprenderme.
No voy a parar nada más por un absurdo como el que escribí más arriba. Esas incongruencias me entretienen lo bastante para llevar la vida a cuestas, cruzando el puente del abismo. Solo, ya que maté a (imagina tu nombre aquí). Pero yo no ando por tu puente, de la misma manera que tú no pisas el mío. Más bien es como si camináramos en puentes paralelos, unos más arriba que otros. El tuyo puede ser el más cercano al sol, pero el mío, un mero narrador, necesariamente debe estar por debajo del de mi autor. Imagínate lo hondo que debemos estar los dos para que mi piel sea así de blanca, como este papel, esta pantalla o estas letras, no por causa genética sino por falta de luz. Y qué angosto debe ser el abismo aquí abajo, que hasta los puentes son más cortos, porque los personajes son quienes menos viven entre los seres humanos. Más precarios que los de un perro que vive en la cima del abismo y, aun así, se desploma al fondo de la nada; quizá por la rapidez con la cual atraviesa la vida ésta se hace más breve, pero la mayoría de los perros, de nosotros los personajes, no llegamos nunca al final de los puentes. Siempre caemos, inocentemente.
Pero la vida no puede ser únicamente un puente colgante, aunque sí es como la muerte de los perros y de los personajes. La vida no es el caminar en sí mismo a través de la pasarela sobre el vacío, no es tampoco el punto en donde las cuerdas penetran el suelo y salvan al caminante del vaivén peligroso. En esta metáfora contradictoria y absurda, la vida es la eterna sucesión de tablas que conforman el puente, todas idénticas y de la misma madera. Unas más frágiles que otras, cierto, pero ésas son las que se rompen primero, y en los huecos que dejan luego de despeñarse a lo profundo plantan las fugaces oportunidades de escapar del puente. Oportunidades que la gente tiende a saltar, sólo para debilitar el siguiente tablón, que se repite una y otra vez hasta el final del abismo. La debilidad que se hereda de los agujeros es la que acorta el camino, y nos deja caer cuando ya estamos a punto de alcanzar la meta.
Sin embargo, como dije antes, mi puente es paralelo al tuyo… por lo que si tú caes en algún momento atravesarás el mío. Y estos huecos, los que dejan las personas que caen, son aun más grandes que los que se forman por simple debilidad, y es por donde se derrumban casi todos los hombres. Pocos perros se deslizan por ellos; ningún personaje lo hace. Pero esa perenne sucesión de tablas, interrumpida por uno que otro agujero en la madera, se renueva hasta el fondo del abismo… el cual, lógicamente, no existe.
El puente de uno es horizontal, por supuesto; no obstante, el abismo es vertical. El primero tiene un final, pero el segundo es infinito. Entonces ¿cuál es la vida? Si el caer es parte de ella, es tanto horizontal como vertical. Pero si la horizontal se acaba, aun perseverando la caída, la vida vertical no termina. Los puentes de los hombres pueden caer hacia abajo o hacia arriba, pero no dejan de caer. Y, mientras cae un hombre, o un perro, o un personaje, detrás de él van las astillas de las tablas, es decir, el puente, la vida.
El individuo no tiene vida mientras no ande sobre el puente, pero al caer no deja de vivir. ¡Qué dilema! La alegoría se ha vuelto desastrosa. La solución de este problema está en comprender que, al morir, el individuo se convierte en la humanidad, y sus actos, y sus rutinas, y todo lo que hacían de su vida un puente transitable van detrás de él, clavándose sobre los otros hombres que andan por sus propios puentes ignorantes de cuándo les tocará a ellos caer. Un solo hombre tiene repercusiones en todos los colgantes, y sigue viviendo en la humanidad, cayendo para siempre por el abismo de los puentes.
La vida, entonces, no es el hombre, ni el puente, ni siquiera las tablas por sí mismas, sino que es el hombre, y el puente, y las tablas desplomándose juntos por la humanidad hasta su punto más profundo, que no existe. Así es como la vida nunca termina para un ser humano, al menos hasta que deja de serlo… cosa que es posible si encuentra la manera de esquivar los otros puentes; siendo olvidado, en otras palabras. Pero, para no sonar pesimistas, digamos que nadie es olvidado y que, para todos, la vida es eterna.

Agosto de 2008.

De golpe

Anoche vi una película. Y no dormí esa noche. No esperaba verla, jamás me imaginé que existiría una película así, ni siquiera. Bueno, la verdad supongo que no había ninguna razón para pensar que no podría existir, sino que más bien yo sé que una historia tan sublime no suele ser retratada en films comerciales como los que uno ve todos los días. No, una película así no podía estar financiada por grandes empresas. Por supuesto, no podía tener grandes efectos, ni una fotografía magistral, nada de banda sonora más allá de unos cuantos tangos en escenas que necesitan de ellos, pero los silencios incómodos son respetados siempre, ellos que son actores en sí mismos, que expresan mejor que nadie lo que se siente auténticamente en cada cuarto.
Las circunstancias que me llevaron a verla fueron de lo más ordinarias. Yo, de noche, sentado, con un control en la mano. Estaba en un canal latino de bajo presupuesto (bajísimo, si hay que ser realistas) que usualmente no pasa buenas películas. Pero anoche no. Anoche estaban dando Sangre. No sabía qué era, ni de qué se trataba y la verdad era que no importaba demasiado, estaba tan cansado y la noche tan avanzada que la habría visto de todos modos, aunque la juzgara terrible desde un principio. La juzgué inocente, una película más de crimen, quizás; el título ya habla por sí solo. Mas debí haberla juzgado, verdaderamente, como terrible. Pero terrible como el cambio, nunca como algo malo. Con el avance del film me di cuenta de que no había más crimen que el que sufriera un padre, muerto en una situación sospechosa mientras los dos protagonistas eran niños, sus hijos. La madre es quien sufre la muerte. Los niños sólo la metaforizan. Eso hace Martín con sus películas: metaforizar la muerte de su padre. Con sangre.
Pero el film no trata de eso; el trabajo de Martín y el de Nicolás, su hermano, son adornos de la historia. Todo es un gran adorno para llegar al final. La madre enferma. Nicolás solo, con ella. Martín solo, y lejos. Es una soledad inexorable que se respira a lo largo de toda la película, una soledad demasiado real para poder ser llevada al celuloide pero que, sin embargo, logra expresarse con una naturalidad pesada, que cae como un yunque sobre la realidad del espectador. Así me cayó a mí, doliéndome pero sin poder levantarme, presionando mi abdomen, inmovilizándome en mi silla. Por más que quisiera librarme de ese peso tan terrible no tenía fuerzas para levantar ese yunque. Y, aunque lo lograra, me encontraría luego aprisionado por otro más cercano a mí: mi propia soledad. Ese yunque de la película no provocó ningún trauma sino una catarsis desprevenida, desesperada, que me llevó a materializarlo sobre mí. Transportarlo de la pantalla a mi costado. Los tres personajes se sienten solos cuando no hay nadie alrededor, pero cuando están los tres juntos la soledad se disfraza de otra cosa. El agente extraño aquí es la madre moribunda, abnegada hasta la muerte, dispuesta a sacrificar su salud por el bienestar de sus hijos, especialmente el de Nicolás quien vive con ella mientras Martín está de viaje filmando su película. Ella destruye el sentimiento de soledad de sus hijos, pero procurando siempre dejar el germen de la emoción intacto, para que pueda renacer y llevarlos de nuevo a sus brazos. La madre controla la soledad de sus hijos. Pero la cercanía de la muerte, la seguridad de su llegada, es demasiado grande; la madre no puede dejar el germen vivo en sus hijos, esta vez debe destruirlo por completo. Es esa soledad que no se acaba nunca, y que sólo puede decorarse, disfrazarse. Es la soledad de nuestros días, más sola que nunca. Y es ella, abrasadora, apesadumbrada, la que nos humedece los ojos. Ella está en ese desierto hundido en brisas bestiales, en donde el hombre se quita la chaqueta… y la lanza al aire… la camisa… y la lanza también… y en donde encuentra una piedra, sola, como él, como yo, como tú… y la lanza… y la persigue… y se pierde corriendo en el desierto de los vientos feroces.
Nicolás está solo, sin novia, sin amigos… con su madre. Martín está solo, lejos, sin su familia… con el fantasma de su padre. La madre está sola, con su tos, sus pastillas, sus gotas, sus vasos de agua, su Nicolás, su espera por Martín y por la muerte. Pero no es la soledad el tema de la película, es mucho más profundo.
¿Es la familia? Es, quizá, la imposibilidad de escapar de ella. Martín regresa a su casa, llega al tono de un piano a dueto: son Nicolás y la madre. El primero llora, la segunda tose, pero ambos tocan. Yo mismo sacrifiqué una noche con mi familia para quedarme vagando en mi casa, viendo este tipo de películas, sólo para darme cuenta de que esos momentos son insacrificables. Pero la paradoja está en que si no hubiera sacrificado esa noche, nunca me habría dado cuenta de esa verdad. La decisión fatídica fue, aparentemente, la conciencia antes que la ignorancia. La única manera de escapar del peso de ese yunque solitario, aunque sea por un instante, es la familia. Es la Sangre.
Pero la familia es un pequeño tema del film, no lo es todo. Lo mismo ocurre con la muerte. Aparece en las metáforas y se quita la máscara en el final, cuando muere la madre, cuando desaparece su cuarto, cuando llora el gato en la nueva casa de Nicolás. La muerte une antes de destruir. Pero aquélla siempre precede a ésta otra: la unión a la destrucción. No hay escape. La muerte está siempre desnuda, a pesar de lo mucho que tratara Martín de embellecerla, de pintarla de blanco. Y la muerte de la madre lo es todo para el desenlace de la historia, sólo ella podía definir el verdadero tema del film, que va más allá de la soledad y de la familia, e incluso del arte en sí mismo.
«Quiero hacer una película de amor» le dice Martín a su hermano. Ése es el tema. El amor. Nunca se ha tratado de otra cosa. Sangre es una película de amor. Bien no haya un galán, o mujeres en busca de sexo y marido, el amor de Sangre es uno mucho más puro y más simple. Es un triángulo amoroso que suelta agudas notas fraternales, cada golpe es la reafirmación del amor de sangre, uno del que no puede huirse. Ningún adulterio puede romper este amor, ninguna relación a distancia, ninguna «otra mujer». Para bien o para mal, uno no se puede divorciar de su hermano, o anular la relación madre-hijo. Eso es amor. Esa cárcel de máxima seguridad donde uno no puede fugarse por más que lo intente. Si uno se da cuenta a tiempo puede que llegue a disfrutarlo, pero si no sólo lo padece. Es ese amor el que destruye al germen de la soledad que la madre avivaba, él (el amor) reúne a Martín y a Nicolás caminando por el parque, sonriendo. Qué fuerte. Qué simple. Qué puro. El amor de Sangre.
Pero es la verosimilitud, la realidad de todo el film la que hace que sea tan fuerte, tan simple y tan puro. No importa si la historia fue totalmente inventada, fruto de la imaginación de los escritores y del director: la historia es siempre real. Las angustias de los personajes, sus sentimientos, sus palabras…los abrazos y los besos. Todo es real. Muchos dicen que las películas no son confiables, que nos pintan realidades fantásticas. Se niegan a aceptar realidades tan verdaderas como la soledad terrible de los hombres de hoy, la muerte innegable y el amor fraternal. Es la realidad la que materializa el yunque, la que resucita al germen, la que hace correr la sangre. Sólo ese tipo de películas, las verdaderas, son las que nos hacen crecer a pesar de nuestra soledad, de la muerte y del amor. Las que nos hacen madurar hacia un nuevo nivel, que nos derrumban nuestros principios y los arreglan con cemento nuevo. Madurar de golpe. De golpe. Siempre de golpe. La evolución paulatina no enseña nada aparte de la rutina y la perseverancia. Los cambios drásticos son los que nos dibujan los verdaderos temas de nuestra vida. A pincelazos. Los golpes, los retos, son manchas imprescindibles en el lienzo de nuestra vida. Y sólo ese puntillismo brutal es el que nos permite aprender las cosas que son verdaderamente importantes. No sería nada de nosotros en un mundo pasivo, sin golpes, sin retos, sin pincelazos. La paz es el disparo suicida de la humanidad, que nos estanca en lo común, en lo correcto, en lo bueno, en lo justo. Estancados estaríamos, sin los valores que sólo pueden ser aprendidos de golpe. La soledad. La muerte. El amor.
Yo mismo me veo muchísimo en Martín, en su eterna búsqueda de inspiración y de la verdad en sitios inhóspitos, en su necesidad de metaforizar esa verdad que cree haber encontrado. De golpe. Yo me veo demasiado en Nicolás, solo, abnegado al cuidado de su madre como ella lo estuvo para el suyo, creándose mundos para escapar de la realidad y del recuerdo fantasmal de un pasado que no llegó a conocer más allá de los cuentos que le echaban. De golpe. Yo me veo más de lo saludable en la madre, esperando combatir la soledad mortecina con las extensiones de su cuerpo, sus hijos; esperando el esputo seco que se anuncia en su tos. De golpe. Esperando la soledad, la muerte y el amor, que sólo pueden llegar de golpe.

10 de julio de 2008

Ingeniería de la vida

Don Camilo Artós sabía exactamente cuál sería el momento de su muerte. Lo sabía porque lo había planeado con mucho cuidado a lo largo de toda su vida. Cada detalle, cada arreglo, cada despedida de sus familiares, cada reunión con sus abogados, cada actualización de su testamento, todo lo tenía programado incluso antes de llegar a la mitad de la edad con la que había planeado morirse. Esta organización fúnebre no era más que otro de los síntomas de su obsesión patológica por el orden y la sucesión lógica de los hechos; don Camilo se había tomado muy en serio aquello de que cada quien forja su propio destino, hasta el punto en que creyó que podía controlarlo completamente, sin dejar lagunas ni espacios en blanco dentro de la continuación de su existencia.
Desde su temprana infancia, Camilo Artós había tenido experiencias traumáticas. Reveses del destino, si así se prefiere llamarlas, y, de hecho, así él las consideraba. Muy niño era cuando murieron sus abuelos: cáncer. Muy joven fuera cuando murió su padre: cáncer. Poco más adulto sería cuando su madre enfermó –no hace falta decir de qué– y agonizó grotescamente durante casi una década, con una vida elástica que era mensualmente estirada por los médicos. Cuando finalmente murió toda su ascendencia, a Camilo no le quedó ninguna duda de que el cáncer sería la causa de su muerte, y se convenció inmediatamente de que la peor manera de morir sería en el delirio agónico de los tumores, acostado en una cama tal como falleció su madre. En ese momento crítico de su vida, en el cual quedaba solo en el mundo, a cargo de una cuantiosa herencia y una empresa multimillonaria, decidió que no habría instante de su existencia que no haya sido cuidadosamente construido por él mismo.
La organización de su vida fue hecha con años de previsión: cada ascenso, cada mudanza, cada hijo (que acertadamente adivinó como dos varones y una hembra), e incluso cada matrimonio estaban marcados en su programador vital. Si se acercaba la fecha de algún suceso, don Camilo no se impacientaba pues sabía que no debía acelerar nada, tan sólo esperaba a que llegara el momento adecuado para asegurar la ocurrencia de sus planes. Nunca se vio alguno de ellos frustrado ni coartado. Nunca recibió sorpresas de ningún tipo.
Subió por los escalones de su empresa tal como lo había planeado, hasta que finalmente se convirtió en su presidente. Antes de alcanzar tan codiciado rango, ya se había casado una vez con una mujer joven que, por desgracia, había muerto a los escasos años de casados. La causa de su muerte no fue para Artós sino una confirmación de que sus planes estaban bien encaminados, sin siquiera poder contestarse él mismo el misterio que lo llevó a predecir certeramente que su primera esposa moriría joven, y de cáncer.
Ella le había dado su primer hijo, Federico, quien moriría trágicamente veintitrés años después. De nuevo, don Camilo fue incapaz de explicarse cómo había sido posible haber sabido eso con tanto tiempo de anterioridad. Podría decirse incluso que el único suceso que lo sorprendía era, precisamente, uno sólo: que se cumplieran con puntualidad única cada uno de los hechos que había previsto en sus planes, ya que, cuando los organizó, honestamente no creía que pudieran ser tan exactos.
Su segunda esposa se llamaba Sandra, y lo acompañaría hasta su último suspiro. Con el nacimiento de su segundo hijo (José) concibió la idea de que alguien estaba burlándose caricaturescamente de su planificación. Por primera y única vez en su vida estuvo convencido de que, efectivamente, existía un destino, pero que él no era capaz de controlarlo, más bien, el destino había decidido controlarlo a él, riéndose de sus patéticos intentos de dominar a su propia vida. Desechó esos pensamientos cuando nació su hija, Ana, momento que le aseguró a don Camilo que él, y sólo él, estaba en total manejo de su destino.
Ya sabía que luego del nacimiento de Ana moriría su primogénito. Estaba consciente de que, luego de eso, tendría que hacer una reducción de personal en la empresa debido a una impredecible crisis nacional. No fue sorpresa para él cuando una nueva emergencia económica, esta vez mundial, azotara su trabajo de toda la vida, obligándolo a empezar desde cero, cosa que no fue excesivamente difícil, pues ya todo eso había sido previsto por él.
Presenció con una sonrisa estoica la graduación de José, así como también su primer día como empleado en la industria familiar. Asistió sin revisar sus planes –ya que los años le habían grabado su ingeniería de la vida en la cabeza– a la rimbombante boda de Ana y un tal nuevo rico llamado Mario. También estuvo en la boda de su otro hijo y, casualmente, en la graduación de su otra hija. Nada en su vida estuvo fuera de su programa. Veía a su existencia pasar como si estuviera sentado en un teatro, admirando una zarzuela prácticamente eterna, llena de nombres familiares, situaciones curiosas y momentos fuertes. No se trataba de una obra nueva, de esas de vanguardia, su libreto había sido escrito décadas antes, incluso siglos, pero don Camilo no se sentía como el escritor sino como un simple editor, alguien que había desempolvado ese guión y lo había reparado para ser puesto en escena. Más incluso, ya ni siquiera sabía si había tenido algo que ver con esa obra de teatro: ya no era más que parte de una audiencia silenciosa, un mero espectador más; pero volteaba y no había nadie más en la sala, su familia y amigos estaban montados en la tarima, actuando jovialmente, él estaba solo alejado de la escena, sentado en el fondo oscuro del teatro, aplaudiendo cuando así lo deseaba, pero sin estar seguro si el ruido llegaba al escenario. La llegada de la vejez lo alejó aún más de las tablas, esta vez los actores ni siquiera se percataban que estaban ante un público, por muy pequeño que fuera.
Al alcanzar a la chochera, se le cobró peaje a don Camilo. Una pierna rota le fue sustituida por un bastón, algo que había sido previsto, tal como recordó Artós cuando, mientras se reponía del golpe, había estado revisando su programa vital. Se dio cuenta de que la fecha de su muerte estaba más cerca de lo que podía acordarse, y que no se había comenzado a organizar como lo requería un suceso tan importante y con tantas repercusiones como lo es la muerte de la cabeza de la familia y del jefe de una prestigiosa empresa multinacional.
Cuando aprendió a moverse correctamente con un bastón y saludó por primera vez a sus dos nietos, Alberto y Gonzalo, hijos de Ana, decidió reunirse con sus abogados. Redactó el primer borrador de su testamento, dejándole la mitad del dinero y la empresa a José y a su nueva esposa –de quien nunca pudo aprenderse bien el nombre–, la otra mitad del dinero y la casa a Ana, y las joyas y la casa de verano a su mujer, Sandra. Se contentó con esta repartición, que beneficiaba a todos, y se jubiló.
Luego de esto, tal como lo había planeado, le diagnosticaron la enfermedad que tanto temió cuando era niño. El doctor se quedó pasmado cuando vio la tranquilidad y la firmeza con que don Camilo había tomado la noticia, teniendo la experiencia de que ninguno de sus pacientes se ponía tan alegre después de escucharla. Sí, alegre; una sonrisa se le dibujó a Artós en la cara luego de los exámenes médicos. Pero el doctor nunca sería capaz de distinguir una sonrisa de satisfacción (que era la única que conocía) de una de auténtica felicidad, pues era ese sentimiento el que atravesaba a don Camilo desde las canas de su escasa cabellera hasta las arrugas más viejas de sus pies. Era felicidad el único nombre que pudo darle a ese sentimiento de complacencia al haber cumplido con todo lo que esperaba de la vida, haber visto todos los paisajes que había querido ver, visitado todos los lugares que había querido visitar. Pero ya para este momento, en que la cercanía de la muerte le da a su víctima una inigualable capacidad de razonamiento, don Camilo dedujo que el querer en sí mismo no había sido otra cosa a lo largo de su existencia más que un simple esperar. La misma espera que uno siente cuando ve «Romeo y Julieta», impaciente por observar el final; luego, una espera teatral.
Acostado en su cama, solo entre las sábanas, con Sandra al lado sirviéndole de beber y reprochándole no haberse decidido a tomar la quimo, pidió una reunión con sus abogados. Cambió por completo su testamento, no dejándole nada a nadie excepto a sus nietos, quienes heredarían toda su fortuna. No le preocupaba lo que pudieran sentir los demás: José ya estaba a punto de convertirse en el nuevo director de la empresa, Sandra terminaría quedándose con las joyas y la casa de campo de cualquier manera, Alberto y Gonzalo no tendrían problemas en darle a sus padres parte del dinero y la casa en donde vivían. Así rió de esa misma auténtica felicidad por última vez don Camilo, ordenando el epitafio exacto que se pondría en su lápida, no carente de humor («Camilo Artós. Esposo, padre y abuelo. Planeó todo, hasta el lugar exacto de esta parcela»).
Cuando finalmente había llegado el día de su muerte –que había elegido el mismo día de su nacimiento, y perdónenle la ironía– sintió impaciencia por primera vez. La muerte era algo nuevo, de la que no podía imaginarse nada; por primera vez estaba seguro de que se sentiría sorprendido, y eso lo alegraba y lo ponía ansioso. Sus parientes nunca lo recordarían más feliz y activo que ese día. No cansado del sarcasmo con que había elegido la fecha, también con el mismo había elegido la hora: la una y cuarto de la tarde, la hora precisa de su nacimiento. Faltando quince minutos, don Camilo sacó de su almohada una pequeña pastilla de un veneno que le habían prometido que mataba al instante. Se quedó mirándola, maravillado de sus posibles efectos, observando el breve interludio que precedía al acto más importante de la obra de su vida, viéndolo reflejarse en la blancura hospitalaria de la píldora.
Quedaban ya cinco minutos cuando soltó inesperadamente la pastilla, dejándola caer en las sábanas. A don Camilo le temblaban las manos y ese mismo espasmo le recorría todo el cuerpo. Sentía cómo su pierna se rompía una y otra vez por el dolor fatal; estaba padeciendo la agonía que tanto había temido sufrir desde pequeño. La convulsión mortuoria no le dejaba utilizar la mente, valerse de su razón anciana, a excepción de un solo pensamiento que no había estado planeado, y era que el destino le había ganado a la hora de la verdad, rompiendo sus planes y haciendo con su cuerpo lo que le viniera en gana. La una y catorce tenía el reloj del médico que entraba estrepitosamente para salvar a su paciente, pero el último aliento llegó antes que sus drogas… y cinco, y cuatro, y tres, y dos, y uno.

7 de julio de 2008

El robo

Los Casteles de hoy mueren antes de asesinar a sus Marías. Es ésa la única conclusión a la que pude llegar esta tarde en el cementerio. Tanta muerte, tanta lágrima, tanto consuelo no evitaron que mi pensamiento funcionase como de costumbre; viendo llorar a Emilia, viéndola llorar a Federico.
Dicen que a los muertos hay que recordarlos, que con la muerte no deben ser olvidados: allí yace la vida eterna. No en cielos ni en paraísos, la inmortalidad de nuestros seres queridos se garantiza con su imagen en nuestras cabezas, ocupando nuestras soledades, atormentándonos en las ausencias y persistiendo en la memoria hasta nuestra propia muerte, para luego repetirse el ciclo de la eternidad. Así se perpetúa la especie humana, contrariando la idea de que los nacimientos la hacen perdurar en el planeta, pues es la muerte –lo digo con certeza– la que reafirma la presencia de los hombres sobre la Tierra. No, no la muerte, pero sí la memoria y el «nunca me olvides».
«Nunca me olvides» no habrán sido las últimas palabras de Federico, pero sí, por cierto, era el mensaje de su comportamiento luego de separarse de Emilia, su esposa. Desde que se comprometieron, ya todos sabíamos que esa relación iba a ser un desastre rotundo. Se trataba de una mujer joven y hermosa, con un futuro tan amplio como su sonrisa, llave de todas las puertas del negocio del espectáculo, que podía conseguir el hombre que le viniera en gana: al más guapo, al más rico, al más inteligente, al más exitoso. Pero, por el contrario, Federico no era ni guapo, ni rico, ni inteligente, ni mucho menos exitoso. Un hombre al menos una década mayor que ella, con un pasado académico tan paupérrimo como su apariencia, enviciado a todos los tipos de drogas que el ser humano haya podido inventar y sin un porvenir atractivo en lo más mínimo. Un ser cuya actitud hacia la vida era más indiferente que la de un suicida, vampireando por su existencia: durmiendo de día, saliendo de noche, sin darle tiempo a sus estudios ni al prospecto de un trabajo decente. Tal vez puedan entender ahora nuestra suspicacia en cuanto a esa relación.
Es difícil ubicar el tiempo en que se conocieron, pero sí puedo decir que fue un 14 de febrero, día que muchos consideran como terrible augurio en cuanto al amor. Por una vez, puedo decir que las supersticiones estuvieron en lo cierto. Las circunstancias las tengo ahora igual de borrosas. Sé que el encuentro entre estas dos criaturas fue, en gran parte, gracias al enamoramiento platónico de Emilia por el hermano de Federico, Ignacio, quien era también parte de nuestro círculo social. Por ser el primero de ellos mucho más viejo que cualquiera de nosotros, pocos lo conocíamos antes del matrimonio con Emilia. De hecho, yo era uno de los que ni sabían de su existencia. Pero los rumores corren rápido y todos pudimos notar el desinterés de Emilia que se hacía cada vez más grande cuando se trataba de Ignacio, siendo sustituido por el de otro hombre, uno misterioso del que todavía no teníamos ni el nombre de pila. Se trataba, por supuesto, de Federico, cosa de la que nos enteramos cuando ya la pareja había cumplido varios meses de novios. Era una relación bastante recatada, curiosamente, hasta el punto en que su primer beso se dio al año de iniciar su relación.
Al principio pensamos que era sólo una aventura sencilla que no llegaría a mayores; es más, Adrián (otro amigo) se burlaba constantemente de ella repitiéndole un estribillo sin melodía: «tú y Federico van a terminar casándose, ya vas a ver; después no me vengas llorando para arrepentirte porque ya sabes lo que te voy a decir luego de reírme a carcajadas de la situación». Efectivamente, a los dos años, Emilia nos invitaba a su boda. Estalló una crisis en el grupo: sus amigas más cercanas intentaron disuadirla mediante todos los métodos empleables en una amistad e Ignacio apeló al sentido común de su hermano sin darse cuenta que éste nunca existió. Contra viento y marea, el matrimonio ocurrió. Temíamos por el futuro de nuestra amiga pues estábamos seguros de que, al lado de semejante espécimen, cualquier esperanza de llegar al estrellato se había estrellado (valga la redundancia) contra la pared de concreto que era la sombra de su nuevo marido.
Nos resignamos estoicamente al destino que había elegido Emilia; después de todo, éramos y somos aún sus amigos, pensábamos entonces que si había sido su decisión debíamos respetarla y apoyarla a pesar de nuestros puntos de vista sobre Federico. Pero, al poco tiempo de casados, comenzaron los problemas. Principalmente, la obsesión y los celos tuvieron el papel protagónico. Federico empezó a sospechar de todas las compañías masculinas que sostenía su esposa, imposibles de alejar por culpa de su peculiar sonrisa galáctica. Las malas lenguas decían que, frecuentemente, encontrándose él borracho, la llamaba desde locales nocturnos diciéndole que estaba con otra mujer sólo para averiguar su reacción ante la posibilidad de un adulterio. Era en esos momentos cuando Emilia les contaba a sus mejores amigas que estaba arrepintiéndose de haberse casado con un celópata. Los consejos eran invariablemente los mismos: «pide el divorcio».
Las separaciones entre Federico y su mujer se hacían más largas conforme corrían los san-valentines en el calendario. La sonrisa de Emilia se esfumaba como lo hacen las penas en los teatros y se le notaba en su nueva manera de ser que no estaba feliz, sino más bien asustada. No pretendo saber sus verdaderos sentimientos, no soy tan arrogante como para conocer el corazón de Emilia, pero era eso lo que todos veíamos. Posiblemente no hubiera perdido el amor que todavía reservaba a su esposo, pero sí, al menos, se había muerto el interés.
A qué se yo cuántos años desde la boda, Emilia pidió el divorcio. Fue, en el mejor de los casos, traumático. Me contaban mis amigos que Federico llegaba borracho a las reuniones con los abogados, y que otras veces se mostraba profundamente contrito y pedía perdón hasta agotar su saliva. Emilia soportó esa etapa de la relación con una dureza admirable, pero se desplomó cuando, por fin, la separación había sido consumada. Dicen que huyó de la casa en donde vivió con Federico y llegó medio muerta por el dolor a las puertas de Adrián. El recibimiento que le dio no fueron carcajadas ni un «te lo dije», sino un tierno beso en la frente ardiente y una invitación para quedarse en su casa hasta que se sobrepusiera al asunto.
En una nueva relación inesperada se vio envuelta Emilia, esta vez con Adrián.
Los días que sucedieron al divorcio estuvieron llenos de terror y paranoia. En la casa de Adrián solía sonar el teléfono sin ninguna persona que hablara desde el otro lado. Emilia recibía más constantemente las llamadas adúlteras del beodo de su ex esposo, cada vez más cargadas con expresiones grotescas y enfermizas. Ignacio les contaba a sus amigos más íntimos que su hermano no podía dejar de hablar sobre Emilia. Existían evidencias de que más de un pensamiento suicida había cruzado su mente ante la certeza de que había perdido a su amor para siempre. El acoso malsano era un espectáculo tristísimo, era el testimonio de la soledad de los errores humanos, de los excesos del amor más incomprensible que habíamos conocido, pero, sin embargo, tan real como cualquier otro que pudiera experimentar un ser humano.
Cuando se supo que Emilia y Adrián eran novios, todos tratamos de averiguar lo obvio. Nuestra cochina curiosidad nos trajo rumores a los oídos: que si Federico había insultado a Adrián, que si se había mantenido indiferente, que si había destrozado la casa en donde solían vivir cuando estaban juntos, que si había amenazado de muerte a Emilia. Nunca supe si alguno de ellos fue verdad y poco importaba, realmente, la reacción de Federico, sólo puedo asegurar que el distanciamiento que hubo entre él y los amigos que todavía tenía en el grupo fue apocalíptico. Sólo Ignacio y alguno que otro mantenían contacto con el problemático hombre, siendo sus reportes muy poco alentadores. Aparentemente, la droga y el licor habían sustituido a fuerza de adicción la reminiscencia de Emilia.
Con el tiempo, Federico fue reponiéndose. Consiguió trabajo en la empresa de su padre. Se casó con una mujer de mente simple y dedicada exclusivamente a su consolación. Dicen que comenzó a estudiar en las tardes. Salía menos por las noches. Bebía menos. Fumaba menos. Emilia también había comenzado a olvidarlo para ocuparse más de lleno a la relación con Adrián, la cual necesitaba muchísima atención y cuidado si querían evitar que ocurriera lo mismo que he contado. Fue entonces que, cuando absolutamente nadie podía esperarlo, sonó el teléfono.
Sonó dos o tres veces con un tono regular, casi hasta podría decirse alegre, reverberando con la perseverancia de la materia inerte. No fui yo quien lo atendió esa madrugada, sino el dueño de ese teléfono, por lo que no me enteré de la noticia directamente. El tono feliz fue sustituido por una voz discontinua que hablaba apresuradamente pero que se cortaba de repente en largas pausas que no podía entender. A los pocos segundos pude deducir que se trataba de la voz de Ignacio.
No daré detalles acerca del accidente porque no me corresponde. No enumeraré aquí las especulaciones que nacieron de la gente cuando despertaba el día y se enteraban de la noticia pues yo fui uno de ellos. Saltaré arbitrariamente hasta el punto en que nos encontrábamos todos desconcertados entre los muertos ornamentados.
Es curiosa la reacción de la gente ante una sorpresa tan poco bienvenida en sus vidas. A unos les da por llorar, a otros por aislarse de su entorno; a unos por permanecer indiferentes para convertirse en los pilares de los más afectados, otros simplemente deciden ignorar el asunto y actuar como si nada hubiera pasado; incluso a algunos les da por reír, por más irónico que suene, pues no conocen otra manera de expresar sus sentimientos que la de una actitud risueña y unas carcajadas conmovedoras… quizá sean éstos los dolientes más dichosos. De eso me di cuenta cuando, de una capilla cercana, sacaban un ataúd envuelto en recuerdos y nomeolvides, acompañado por los gritos y llantos más desgarradores que jamás haya escuchado en mi vida. Me interesé por saber a qué se debía esa explosión tan repentina de sentimientos implacables y mi razonamiento sólo me permitió una única respuesta: mientras velaban el cuerpo, viéndolo acostado casi podría decirse con placer, podían verle la cara a quienquiera que fuere que estuviera ahí dentro, hablar con él o ella aunque no esperaran ninguna respuesta y grabar su último momento entre sus allegados en esa cara dormida –no muerta, sólo dormida, a punto de despertar en cualquier momento– con una sonrisa maquillada por los hábiles enterradores. Pero una vez que el féretro ha sido cerrado y las manos de los hijos, o los padres, o los tíos, o los maridos se aferran con dificultad a las asas, la inevitabilidad de la muerte se hace inminente. Los gritos, pues, son a la vez la admisión de la pérdida y un mecanismo para ocultar el eco ensordecedor de una verdad tan irremediable como lo es la muerte; los afligidos tratan de llorar con más fuerza que la de la naturaleza, y se desploman en un nuevo llanto de frustración ante la imposibilidad de superar a la defunción. No llegué a comprobar esta hipótesis mía con respecto al caso de Federico pues me fui antes de que sacaran su catafalco a cuestas de la capilla.
Pajarillos convenientemente negros surcaban los espacios de la funeraria abierta a la intemperie, como macabros augurios que reafirmaban el propósito de un lugar como aquel; zamuros confiados de la gente en este estado de debilidad emocional se posaban con tranquilidad sobre los carros estacionados junto a la estructura como retando a la humanidad a atreverse a reclamar su cementerio. Y justo cuando comencé a preguntarme a qué se debía la presencia de aves tan lúgubres en ese lugar tan apropiado para la eminencia luctuosa de la muerte, me di cuenta que Emilia estaba mirando directamente a través del cristal del ataúd a la cara de su ex esposo.
¿Cómo tratar de comprender lo que estaría sintiendo esa mujer? ¿Cómo empezar a describir los cataclismos que estarían destrozando a su corazón? ¿Cómo era siquiera posible que una persona que hubiera sido tan psicopáticamente acosada por el difunto se presentara en su funeral para llorarlo más que su propia viuda? No pude responder a ninguna de estas preguntas pues todas mis cavilaciones se vieron destrozadas cuando Emilia, ruborizada de agonía, volteó hacia donde yo estaba parado.
—En este ataúd hay diez años de mi vida—me dijo mientras yo reaccionaba con sorpresa ante la posibilidad de que Emilia pudiera haber leído mi pensamiento—. Me han robado diez años de mi existencia.

23 de mayo de 2008

Del paludismo político

La enfermedad que explotó el 27 de mayo de hace un año no se debió al cierre de un canal de televisión que casi ninguno de los manifestantes veía. No se debió a un gobierno verdaderamente corrupto y de indicios extremistas de la izquierda. No se debió al inminente primer paso que dieron los «socialistas» para terminar con las libertades de la ya extinta «oligarquía», hoy no más que un fantasma harapiento de lo que antes fueron los adecos y los copeyanos. Se debió, más allá de las razones constitucionales, y de principios, y de derechos humanos, a una causa sociológica propia del venezolano: la necesidad de alcanzar la magnanimidad. Es éste un virus que ataca un día sí, unos días no, como el paludismo, y, como él, también, puede matar.
Habré de dar explicaciones sobre ello, sin duda, pues sé lo mucho que se esforzaron los estudiantes por alcanzar sus ambiciones personales. De hecho, yo mismo fui a una de las protestas por el cierre de RCTV (cosa de la que me arrepiento) y pude darme cuenta de lo ridícula que lucía esta juventud propia de una oligarquía moribunda, todavía aferrada al tabaratodamedoísmo de los años ’70 y ’80 heredado de sus padres, probablemente. Son ésos los estudiantes que salieron el 28 de mayo, luego del cierre, con sus bermudas de a cuadros, chemises Lacoste y gorras importadas, gritando creativas consignas y zarandeando coloridas pancartas.
Pero ahora a lo que iba: el virus. Desde siempre, el venezolano ha tenido en mente una enfermiza ambición. No es una de esas ambiciones benevolentes que pueden impulsar a una nación hacia su desarrollo; bien sabemos que estamos lejos del desarrollo. Se trata de la magnanimidad, de esa grotesca fiebre por ser los héroes del momento, a costa de cualquier idea progresista que se les oponga. En este sentido, los estudiantes son tan malos como el mismo gobierno –cuando digo «estudiantes» me refiero al Movimiento Estudiantil, que conste que no todos los que estudiamos somos tan inseguros de nuestra personalidad–. Antes del progreso, estás sus ideas de progreso, aunque éstas sean irreales e improvisadas. Hay que tener en cuenta que, dada la situación nacional para mayo de 2007, cualquiera podría haberse alzado con cualquier consigna y los resultados habrían sido los mismos. Hace un año fue la libertad de expresión, pero pudo ser el desempleo, la inseguridad o, ¡ya qué carajo!, la simple necesidad de la anarquía. Hace un año fueron los estudiantes del Este de Caracas, pero pudieron haber sido los obreros, los profesionales, los buhoneros o incluso los presos.
No se trató del fondo, sino de la forma. No eran jóvenes luchando por la libertad y la Constitución, eran estudiantes peleando entre sí por conseguir una posición política, cualquiera que fuere. Si hay necesidad para comprobarlo, incrédulo lector, descubre por ti mismo el hecho de que los líderes del Movimiento Estudiantil se formaron esos días y permanecieron en su lugar ganado por sangre, sudor y gritos enmudecidos: Yon Goicoechea, Stalin González, Freddy Guevara y Robert Serra por el otro lado. Ni siquiera el nuevo presidente de la FCU de la UCV llega al status de liderazgo de los pioneros de la típica política venezolana; no son más que un Wolfgang Larrazábal populista, un Betancourt oportunista, un Carlos Andrés arrogante y un Chávez demagogo. Los líderes se acabaron; nacieron ese día y, por desgracia, seguirán siéndolo hasta que surja una nueva crisis, en cuyo caso se repetirá el mismo ciclo, aunque esos nuevos líderes podrían ser más sensatos, sinceros y menos politiqueros que los que nos tocaron estos días. ¡Quiéralo el azar!
Es el ouroboros eterno de Venezuela. Surgen los héroes magnánimos durante crisis fundamentales de nuestra historia; con el tiempo se apagan y entramos en un período de inercia y abulia políticas; para luego ser sustituido por otra crisis y otros líderes. ¿No fue ese el caso de los gobiernos de Punto Fijo? Luego de un cierto punto, los líderes de la Generación del ’28 se agotaron, dejando un virtual vacío de poder en donde la gente se desinteresó unánimemente por la política. Después, llegó Chávez, y con él una nueva crisis y unos nuevos líderes. Y lo que sigue es el cuento del gallo pelón.
El virus perdura. Tuvimos casi cuarenta años de salud y hoy el paludismo juvenil vuelve a atacar con su fiebre cuartana. Cada calentura tiene un nombre específico y cada una de ellas debe ser superada. Si seguimos apoyando a cualquier demagogo que salte en las calles con pancartas y micrófonos, la enfermedad continúa. No nos curaremos hasta que seamos capaces de negarnos a la tentación de los líderes virulentos y reciclados… e insanos.
No es la libertad de expresión, ni la corrupción, ni la inseguridad, ni cualquier de esos males que nos aquejan, que son criticados y achacados al bando contrario en vez de ayudar a solucionarlos. Es la ambición personal mezclada con la honesta necesidad de derrumbar al gobierno, pero para ser sustituido por otro no muy distinto. ¿No se dan cuenta del absurdo de la lucha? ¿No es esto el eterno retorno?
No existen cambios para Venezuela, o, en cualquier caso, el mundo, mientras perduren estos líderes antropófagos.

27 de mayo de 2008

El secreto del conformismo

Hace unos años, un grupo de científicos propios de esta generación de la tecnología y del tiempo libre, es decir, ociosos, se les ocurrió la maravillosa idea de que el ser humano es, esencialmente, telequinético. Así como lo digo: científicamente está comprobado que la mente humana tiene la propiedad de atraer las cosas que desea, o que incluso piensa.
Los argumentos de esta ley de la atracción –no se molestaron ni en llamarlo teoría, ya la declararon ley– es, básicamente, que se les ocurrió a unos físicos cuánticos. Hasta ahí. Después, salen con una mezcolanza de hechos históricos que supuestamente los respaldan: que si los egipcios la descubrieron, que si los budistas la practican, que si los grandes hombres llegaron al éxito gracias a ella, etc. Pues adjudicarle los descubrimientos a los egipcios ya está trillado; si de verdad existiera esta ley, los miles de budistas, todos concentrados, ya habrían recuperado su Tíbet; y los grandes hombres llegaron al éxito por su propio esfuerzo (o heredando fortunas) y no a través del solo pensar, aunque fuera mucho, mucho, en sus deseos.
Es una mentira consoladora y nada más que eso. ¿Qué le daría mayor esperanza a un vagabundo que el hecho de pensar en su futuro como único requisito para el éxito? ¿No morirían felices, siendo pobres, sabiendo que la fe les traerá fortuna en un futuro? Ya tiene un dogma: «pedir, tener fe, y obtener», por lo que podemos darle el nombre que se merece toda mentira consoladora dogmática: el de religión.
Si uno dice, para tratar de demostrar o no «el secreto», que poner a un montón de personas juntas pensando en un carro, por ejemplo, es un buen experimento para demostrar la ley de atracción, me dicen que no es tan sencillo. Que hay que esforzarse para alcanzar la meta… ¡Por supuesto que hay que esforzarse! ¡Por supuesto que pensar no basta! ¿Acaso ese argumento, el del esfuerzo siendo más importante que el pensamiento, no refuta toda la teoría? El éxito no recae en falsas ondas cerebrales, ni en meros deseos: el trabajo y el esfuerzo son siempre fundamentales, es ése el verdadero secreto de los egipcios, de los budistas y de los grandes hombres. Me niego a aceptar una teoría filosófica tan conformista; me arrecha que la disfracen de ciencia.

20 de mayo de 2008

La humareda

Llevaba ya varias horas amarrado voluntariamente a su sillón, apreciando por pura inercia las imágenes que proyectaba el televisor, repetitivas eternamente ante la realidad pero novedosas y sorprendentes en cada instante para sus ojos, hundidos en la pantalla como su espalda lo estaba en los cojines. El sol había caído muerto por la luna en el ocaso, y él continuaba viendo televisión. Diana y su séquito de estrellas se cansaban ya de su usurpada posición, preparándose como quien no quiere la cosa a irse otra vez a sus cuevas subterráneas, esperando de nuevo el momento para apuñalar al sol y quitarle su puesto. Pero él no lo notaba pues seguía conectado con el resto del mundo, pero desconectado del suyo propio. Fue bajo estas circunstancias tan ordinarias que Valentín Gutiérrez no se dio cuenta de la niebla que había aparecido en la mitad de la noche, el aliento claro de la luna que resoplaba de cansancio ante un día caluroso, enfriando la tierra y liquidando rocíos: gotas para la cayena, gotas para la margarita, gotas para la rosa. Niebla que en cualquier otro día habría cesado en el momento en que se apagaran las luces de la calle, pero que ahora persistía a tres relojes del alba. Y a esa hora en que los camiones descansaban a un costado de la carretera, Valentín continuaba sentado y abstraídamente concentrado.
Si el estupor tecnológico lo hubiera abandonado antes, quizás habría notado el olor inusual de la niebla. No olía a lágrimas de la noche. No olía a la sangre de Apolo. Era el efluvio del fuego el que flotaba en el aire, aroma que se había hartado del sabor del rocío noctámbulo. El humo inexplicable había invadido la calle, oscureciendo a las mismas sombras inocultables de la noche y robando la fragancia de las flores durmientes de las jardineras. Los pocos vecinos que aún respiraban en vigilia se habían acostado al momento en que vieron a la humareda desprenderse de las nubes. Y Valentín seguía enceguecido por las luces.
Antes de haberse sentado, él había hablado con su padre sobre cierto asunto del trabajo, parte de la rutina diaria. Su madre y su hermano habían salido esa mañana para hacer quién sabe qué diligencias, pero planeaban regresar para la cena. El padre de Valentín era demasiado despistado para estar preocupándose por la cena de su hijo, por lo que continuó absorto en su trabajo, dejando a su esposa que preparara la comida cuando llegara a la casa junto a su otro hijo. En ese sentido, Valentín se sentía solo en la casa, y así lo hizo notar cuando se encerró en su cuarto a ver televisión, a eso de las seis de la tarde. El hambre no era un problema para él, era delgado por naturaleza y podía aguantar bastante tiempo sin probar bocado, pero algo que no podía soportar era la sed; mientras traspasaba el umbral de su habitación, en una mano llevaba un vaso de cristal y en la otra una jarra llena de agua fría, y, al cerrar la puerta con un suave golpe del talón, derramó unas cuantas gotas sobre el piso de madera. No le hizo caso a la humedad del suelo sino que continuó su camino y se instaló auspiciosamente en el sillón.
Y allí permanecería hasta el crepúsculo, hasta la medianoche, hasta la madrugada, hasta el tiempo en que no podía distinguir si lo que veía era un programa repetido o uno en estreno. Y no sería por voluntad propia que se apartaría de su voluntario letargo, tal gesta requería de una catástrofe de la naturaleza: de un movimiento de tierras, de un torbellino tempestuoso… o de una inexplicable humareda. Al principio, Valentín creyó que sus ojos estaban cansados, listos para entrar en otro sueño distinto al que experimentaba entonces, cuando en realidad era humo y no párpados ni legañas lo que le cerraba la vista. Tardó en darse cuenta de aquello, muy posiblemente debido al sopor tan profundo en el que se había ahogado tras una jarra de agua ya no tan fría y una inyección científica entre sus labios y su frente, pero cuando descubrió que sus pupilas veladas estaban lejos del descanso de la noche, apagó el aparato lo más rápido que pudo. Se puso de pie y se tapó la cara con sus manos, limpiándose los ojos con sus dedos tiesos y arrugados por el líquido fantasmal, esperando que, al abrirlos de nuevo, su visión regresara a su cuerpo. Pero la niebla persistía en su empeño de cegarlo.
Caminó dando tumbos hacia donde creía que estaba la puerta, golpeando la jarra vacía, la cual cayó estrepitosamente sobre la madera. El sonido, sin embargo, no pudo atravesar la espesura del humo por lo que no golpeó los tímpanos de Valentín. Al final, logró salir de su habitación, dejando atrás buena parte de la humareda y logrando así una mejor visibilidad. Decidió, entonces, respirar el aire puro que ahora superaba al humo, pero tosió brutalmente cuando el aire no podía salir de sus pulmones. El olor a hollín cubría su nariz y, cuando sacó todo el maligno suspiro de su organismo, concluyó que, sin lugar a dudas, no era niebla ni sueño a lo que se enfrentaba, sino el cálido aliento del regalo de Prometeo. Dedujo, como haría cualquier persona que conoce la hediondez del fuego, que algo se incendiaba en la casa, por lo que fue corriendo al estudio de su padre, esperando, entre otras cosas, que estuviera vivo.
Se acercó a la puerta y casi ya podía ver las luces encendidas, los papeles desordenados y a su padre ajetreado por el trabajo. Al entrar, encontró todo como lo esperaba encontrar, pero sin la presencia de su padre. El humo se intensificó ante los ojos de Valentín, oscureciendo las luces que estaban prendidas y los papeles esparcidos por el suelo, como esperando a alguien que se hubiera ido rápidamente pero que esperara volver para apagarlas y para ordenarlos. «Eso es», pensó Valentín: «Está en el baño».
Caminó moviendo las manos aleatoriamente, usando su tacto como el lazarillo de un ciego, hasta que calculó que había dado los pasos suficientes para encontrarse justo ante la entrada del baño más cercano. Se escurrió los ojos con las falsas esperanzas de que se aclarara su mirada, pero no logró nada. Tocó la puerta y llamó. Evidentemente, la respuesta era tan ensordecedora como deslumbrante era su vista: en efecto, al abrir la puerta concibió la idea de que allí no había nadie.
¿Dónde podría estar? No podía haber desaparecido, y si se hubiera ido de la casa al menos se habría dignado a avisarle que partía por un momento. Su padre no era de esos que se iban sin asegurarse de que alguien lo supiera. No lo habría abandonado, ¿o sí? «Está en el cuarto», se respondió Valentín a sí mismo, así que corrió a la velocidad que permite la ceguera hasta la habitación de sus padres. Aplicó el mismo método que usó para descubrir la ausencia en el estudio y en el baño, y funcionó a la perfección: en el solo sonido de la reverberación de su voz supo que allí tampoco estaba.
No había más respuesta: estaba solo. Solo como el último cigarro de su caja metálica; solo como la sola gota de combustible que tenía en su encendedor; solo como lo estaban sus labios, secos ahora por la estupefaciente soledad. Dicen que tres son multitud: el cigarro prendiéndose con el fogonazo de la yesca y siendo sostenido por su boca resultaban más que una aglomeración… de soledades. Un breve destello en la punta del pitillo y luego humo. ¿Qué es el humo mezclado con el humo? «¿Qué es esta humareda que se ha llevado a mi padre?», pensó Valentín casi gritándole a las tinieblas. Con cada aspirada de nicotina el corazón se le aceleraba cada vez más, tratando de mantenerse al paso de su cerebro que ahora estaba ajetreado entre cada pensamiento que se le cruzaba, ya pensaba por dos, por tres, por cuatro personas. Asechaba las sombras en busca de su padre, mientras imaginaba dónde podrían estar su madre y su hermano, a la vez que cavilaba sobre la esencia de la humareda.
Entre tanto pensamiento, Valentín no se dio cuenta de que lo que antes parecían meras nubes frente a sus ojos se había convertido en la más total ceguera, negra como la espiración de las llamas. Nuevas ideas se le ocurrían al pobre muchacho, se preguntaba ahora en dónde sería el incendio, sabiendo que, si era dentro de la casa, ya debería haberlo visto, o sentido, en su defecto. El corazón se le aceleraba, esperando que el eco de las palpitaciones le sirviera de compañía: la sangre ardía en las venas a mil kilómetros por hora, dejando salir por los poros un hilillo negruzco como el que deja el bólido de un vertiginoso carro. ¿Qué es el humo mezclado con el humo?
El cigarro se consumió más rápido de lo normal a causa de la caliente atmósfera de la casa; al caer, las colillas se perdían entre la densidad de la humareda. Valentín no podía verlo, pero el mar de humo ya lo había envuelto por completo: el humo del cadáver del cigarro, el humo que salía de sus venas y el humo que provenía de la inusual humareda.
Caminó erráticamente con el vaivén de un barco tempestuoso, no sabiendo con seguridad hacia dónde iba, pero deseando aparecer en su cuarto, sentado frente al televisor, como había estado antes de que apareciera la nube agorera. Sintió la familiar textura de la puerta de su habitación y entró con una suerte de sonrisa. Las imágenes terribles habían desaparecido de su cabeza; sin saberlo, Valentín ya no pensaba, y, al no pensar, tampoco podía recordar. El recuerdo ha de sonar ahora como algo totalmente inútil para una situación como la que experimentaba Valentín, pero si se hubiera valido de la reminiscencia, sabría entonces que el suelo estaba húmedo. Resbaló fatídicamente, pero no cayó del todo, sino que avanzó balanceándose, intentando sostenerse de cualquier objeto que estuviera cerca sin mayor efecto que el de tumbar todas las cosas que había sobre las estanterías y arrancar los papeles que estaban pegados a las paredes. Saltando algunas veces, andando otras, Valentín tropezó con la mesita en donde había estado antes la jarra de agua fría, pero que había caído cuando se levantó sobresaltado, rompiéndose sin causar sonido. Valentín descendió casi tan lentamente como lo hace la nieve, pero esta vez no sería blanca sino roja: los hielos terribles de la jarra no se habían derretido con el calor insoportable de la humareda, estando preparados para recibir puntiagudamente la cara del hombre que se había bebido todo su contenido.
Más que para poder soportar el dolor, los gritos fueron el San Miguel de su soledad. Cada decibelio que salía de su sanguinolenta boca rebotaba en las paredes de humo que encerraban al cuerpo, convirtiéndose en sus sonoros compañeros. Siguió caminando, no obstante, palpándose dolorosamente las heridas en sus cachetes, en sus labios, en su nariz, en sus ojos, en sus cejas y en su frente. Así, mientras la sangre se evaporaba sobre la faz de Valentín, éste volvió a tropezarse, esta vez con el marco de la ventana abierta, quedando en una peculiar posición donde la parte de arriba de su cuerpo estaba afuera de la casa, mientras que del pecho hacia abajo continuaba estando dentro de aquel horno hogareño. El aire nocturno le parecía bueno a Valentín, pues comenzaba a sentir que se disipaba la humareda.
Dos carros se acercaban, más tarde, hacia la casa, abriéndose paso a través de la niebla nocturna que, a pesar de estar muy cerca la alborada, continuaba siendo muy espesa. En uno de ellos, que escupía humo como síntomas de estar recalentado, iba la Sra. Gutiérrez junto a uno de sus hijos. Más atrás, en el otro, conducía el Sr. Gutiérrez, quien había salido urgentemente cuando recibió la llamada de su esposa diciéndole que se habían accidentado. La mujer continuaba nerviosa por haberse quedado varada en la carretera por varias horas, y el hombre estaba molesto de manera injustificada con su esposa por hacerle salir de la casa tan temprano en la madrugada. Mientras surcaban el portal de la casa, absortos en sus propios pensamientos, no notaron de inmediato que el hijo que habían dejado solo en la casa estaba mitad afuera, mitad adentro, derramando el líquido vital de su cara sobre la jardinera que estaba bajo la ventana de su cuarto: gotas para la cayena, gotas para la margarita, gotas para la rosa.

Abril de 2008

Los verdaderos idiotas




Me he leído un par de libros cuyos autores consideran como la mismísima «vacuna de la idiotez». No, no han curado el cáncer… tampoco el SIDA; leyendo estos libros no mejorarás tu calidad de vida pero, aun así, son la «vacuna». Pues resulta que hubo una vez en que un colombiano, un cubano y un peruano (ah sí, y también el progenitor de este peruano), que veían a su amada América Latina ser destrozada por demagogos de la izquierda, se reunieron para ver si podían, uniendo juntos sus voces, gritarle a los latinoamericanos que eran todos unos idiotas por creer en, y defender, la igualdad y la justicia. Así fue que estos tres intelectuales (ya que el padre del peruano no era más que una exitosa estrategia de mercadeo), poseedores ellos de la única verdad verdadera y real, sintieron dentro de sí mismos un alma profundamente generosa que les pedía –no, rogaba… ¡imploraba!– que compartieran su milenaria sabiduría con las tristes víctimas de este purgatorio terrenal que nosotros llamamos Latinoamérica. ¡Ay, víctimas todas del engaño de los populistas!, ¡Líbrenos San Miguel de estos demagogos demoníacos! Pues yo mismo, hoy y tras haber leído ambos códices tan llenos de razón y conocimiento, les doy las gracias a Plinio Apuleyo Mendoza, el colombiano, a Carlos Alberto Montaner, el cubano, y a Álvaro Vargas Llosa, el hijo del peruano, (sin olvidar, por supuesto, al magnánimo autor de tan eruditos, objetivos, alentadores y críticos prólogos: Mario Vargas Llosa).

La saga de la idiotez

El primero de ellos, con un título tan directo como lo es el Manual del perfecto idiota latinoamericano, apareció en la vejez del siglo XX y exponía (aquí terminan los sarcasmos, lo prometo) argumentos bastante convincentes acerca del terrible tema de la expansión enfermiza de ideologías impracticables en América Latina, de cómo aquellos experimentos comunistas y afines habían fracasado rotundamente doquiera que apareciesen en el continente. Ello es innegable. En este libro se mostraban cifras claras sobre las desventajas de estas ideologías desde el punto de vista económico, se daban razones persuasivas y ejemplos intachables, y, aunque tenía su buena carga de ideas liberales, se sentía la ideologización muy sutilmente (pero no carecía de ella). El Manual… constituye un ataque a todos aquellos regímenes comunistas del continente pero, más que eso, es una respuesta al libro que los autores consideran como uno de los culpables de todo el problema: Las venas abiertas de América Latina. Es cierto que esta hemorragia grandilocuente de Eduardo Galeano está plagada de los puntos de vista de la izquierda sobre los diversos tópicos sociales de la historia centro y sudamericana, pero es, antes que nada, un análisis histórico y social de los acontecimientos que pudieron haber llevado a nuestro continente al nivel de subdesarrollo en que vivimos ahora; no es más que una de tantas teorías sobre la pobreza en esta tierra, que tiene, como todas, muchísimos aspectos acertados acerca de la realidad latinoamericana; en ningún momento en este libro se dice que el comunismo sea la solución a todos los problemas (aunque, debo admitir, hay ciertos arranques ideológicos que llevan al autor uruguayo a elogiar los sistemas cubanos y soviéticos, lo cual es bien sabido por todos que es un craso error). Sin embargo, puestos juntos estos dos libros, uno puede darse cuenta de que se trata de la perspectiva de un extremo contra la del otro, es decir, ambas obras son inútiles si se quiere llegar a un punto medio en el asunto.
El segundo libro, titulado El regreso del idiota (no, no es una película de Hollywood), es… algo más. Al parecer, las nuevas lunas de este milenio no les cayeron bien a nuestros tres intelectuales. Los argumentos elocuentes del primero se convierten en críticas mordaces a los actuales gobiernos socialistas del mundo; las cifras claras y los ejemplos intachables se transfiguran en vagas referencias a las bondades incalculables del liberalismo; y la ideologización, que había sido relativamente escasa en el Manual, se convierte en el tema central de El regreso… Ya no es un simple ataque razonable contra los gobiernos extremistas: es la exposición de una serie de arrogancias ideológicas liberales y una apología inescrupulosa e hipócrita a favor del imperialismo, además de un insulto abierto y carente de vergüenza contra los ideales de igualdad y justicia social.
Es luego de la lectura de este libro que uno se pregunta ¿cómo no quieren ser llamados neoliberales? Porque está claro que el liberalismo verdadero, originario y motor de las guerras de Independencia y de las revoluciones sociales en Europa durante los siglos XVIII y XIX, no tiene nada que ver con esta nueva faceta amparada en el libertinaje antes que en la libertad.
Terroristas pseudo-anti-terroristas
Lo primero con lo que me tropecé al empezar a leer El regreso del idiota fue con una crítica irónica a la posición de negociar con los grupos terroristas, específicamente ETA. «…Estará convencido [refiriéndose a Rodríguez Zapatero como idiota] de que puede conseguirse la paz con ETA solamente a base de diálogos» . Y si no es con negociaciones, ¿con armas? ¿con ocupaciones castrenses como las que llevó a cabo recientemente Colombia en territorio ecuatoriano que, si bien fue por destruir a un enemigo criminal, violó el derecho internacional y masacró sorpresivamente a un gran contingente de las FARC? es bien sabido que una respuesta violenta contra un grupo terrorista sólo puede generar más terror, además de violar los derechos humanos. «Pero si ellos fueron quienes están violándolos», bien puede ser eso cierto, pero no es necesario rebajarse a su nivel sólo por ansias de venganza, ¿acaso no todos tienen derecho al debido proceso?, ¿es el debido proceso una masacre armada?, ¿es eso el derecho a la vida?

«En Europa también los hay»

Hay algo que este trío de escritores liberales critica y no cumple. Muchas veces hablan del culto que Chávez le reservó a Ceresole, de la religión formada en torno a los escritos de Marx y Engels, y otras referencias del tipo. Pero, ¿qué hay del dichoso Jean-François Revel?, ¿quién es este francés tan nombrado?
Revel fue un socialista en su juventud, como muchos de los políticos de ahora, pero la madurez le hizo cambiar de ideas y, radicalmente, dejó al socialismo de un lado y se enamoró del liberalismo, un claro ejemplo de la frase que dice «quien no haya sido comunista en su juventud, no tuvo corazón; quien siga siendo comunista en su adultez, no tiene cerebro», precepto que mantengo como cierto. Desde entonces se dedicó a impartir su doctrina a lo largo de Francia (y del mundo, posteriormente).
Lo malo de Revel no es que fuera liberal, el hombre puede ser lo que le parezca; lo malo de Revel no es que se haya convertido en ese demiurgo ideológico que tanto critican nuestros tres latinoamericanos; lo verdaderamente malo de Revel es que, más que enfocarse en desarrollar su política de preferencia, se dedicó a despotricar contra todas las ideologías distintas que no se le pareciesen. Así, de Revel tenemos una biblioteca llena de títulos como La gran mascarada, El conocimiento inútil (aunque sea bastante mediocre decir que algún conocimiento pueda ser inútil) y La obsesión antiamericana. Si bien posee una interesantísima colección de obras en cuanto a filosofía, aportando razonamientos inventivos y profundos, cuando se trata de política, Revel pierde toda originalidad, toda esa capacidad de pensar creativamente e intercambia las soluciones por las descalificaciones. Más o menos lo mismo que cualquier otro político partidista: mientras una persona milite dentro de un partido político, es imposible que razone objetivamente y, por lo tanto, todos sus escritos referentes a la ciencia de gobernar una nación han de ser tenidos como lejanos de la verdad en la misma proporción en la que se encuentran los artistas imitativos de la realidad. Jean-François Revel es un político partidista; la pugna entre el liberalismo y el socialismo, o entre la izquierda y la derecha, sólo evita el desarrollo de soluciones posibles a los problemas que aquejan a las masas y de las que se debería ocupar el abstracto y antinatural dios tutelar que conocemos como Estado.

Graves confusiones ideológicas

Es inaudito ir leyendo un libro que supuestamente presume de analizar correctamente la situación política de América Latina y encontrarse con comentarios como «Si el socialismo (o el comunismo para darle su real nombre)…» . ¿En verdad el socialismo y el comunismo son la misma cosa? En España practican el socialismo… y no son comunistas. Francia, aunque esté gobernado por Sarkozy, se basa en un sistema gubernamental y burocrático socialista… que no comunista. Los mismos autores lo aclararon: Michelle Bachelet en Chile es socialista, Lula en Brasil es socialista… y no son comunistas. Es que los bandos se ven entre sí y se tratan mutuamente con términos absolutos: el liberalismo es bueno, el comunismo es malo y viceversa, y no pueden comprender, (es algo que, por ser una verdad tan cierta y comprobada, no les cabe en sus ideas absolutas) que el comunismo no es el socialismo sino una de las millones de ramas de éste, específicamente el socialismo científico –o materialismo dialéctico e histórico, y otros diversos eufemismos retóricos–, pero no: para nuestros liberales toda la izquierda es comunista.
No contentos con esta idiotez, continúan la misma oración con «…produjo en el siglo pasado más de 100 millones de muertos» , sin darse cuenta de que una aseveración como tal es demasiado relativa. Bien pudo ser que por el socialismo haya muerto una cantidad desproporcionada de personas durante el siglo XX pero ¿y qué del fascismo durante la Segunda Guerra Mundial, cuyas víctimas sobrepasan los 62 millones en menos de cinco años?, 100 millones en un siglo no es comparable con 62 millones durante la mitad de una década, ¿por qué no publican también la cifra de comunistas, socialistas, anarquistas y, en general, izquierdistas que fueron masacrados en la Guerra Civil Española?, ¿qué hay de los millones de hombres y mujeres latinoamericanos que murieron en los constantes y numerosos golpes de estado en todo el continente, unos de izquierda pero la mayoría de derecha?, ¿qué pasa con los muertos de la Guerra Federal venezolana (para enfocarme más en mi propio contexto), tras la cual se introdujeron los liberales en el poder durante cuarenta años de empobrecimiento y pugnas sociales?, ¿por qué no cuentan a los indigentes, a los que se encontraban en la pobreza más miserable, a los que murieron de hambre en las calles negras de Londres durante la Revolución Industrial, en donde surge el liberalismo como tal y que sólo ayuda a los neonatos capitalistas dejando a un lado a la parte del pueblo más necesitada?, éstos últimos continuaron muriéndose durante tres siglos, XVIII, XIX y XX, y no durante uno solo. Con esto no quiero defender a los socialistas, comunistas y afines, sino demostrar una vez más que un político partidista jamás puede ser objetivo y, por lo tanto, ha de caer siempre en la tergiversación histórica a favor de sus propios argumentos.
La estupidez ideológica no se limita a esta página. Continúa ininterrumpidamente hasta una frase que me hizo pensar dos veces en si debería haber continuado la lectura del libro: «Dirá nuestro amigo, el perfecto idiota, que el liberalismo es también una ideología. Pues bien, nunca lo fue.» . Sí, eso es lo que escribieron. No dejes de leer, por favor, su asertivo análisis no se queda ahí: «Se limitó a establecer un conjunto de observaciones sobre acontecimientos cumplidos» . Digo yo, ¿no es de eso de lo que trata exacta y precisamente El capital de Marx? Es un análisis de la sociedad capitalista desde el punto de vista de la sociología del conflicto; y, siguiendo el orden lógico de la evolución del comunismo, ¿no podemos deducir que ésta apareció con dicho libro, se convirtió en marxismo, luego a socialismo científico, eventualmente a comunismo tras las reformas ideológicas de Lenin y hoy en día es una quimera de mil nombres y mil cabezas? La verdadera pregunta es: ¿por qué El capital se convirtió en la piedra angular de una ideología política? y la respuesta es la misma que podría dársele si intercambiamos el título por La riqueza de las naciones y al personaje por Adam Smith: si bien ambas eran un análisis de la sociedad y de la economía, las dos obras concluían con ideas claras de los procesos que debían llevarse a cabo para la solución de los problemas encontrados en el estudio; el primero sugirió una revolución violenta del proletariado, el segundo la apertura incondicional del mercado. He aquí el germen del liberalismo. Hemos encontrado la semilla de la ideología liberal, que se mantuvo a flote desde el siglo XVIII. Pero no: nuestros señores latinoamericanos, expertos en política y letrados en cuestiones de ideologías, no creen que el liberalismo sea una de ellas, y ¿por qué no?, quizás así puedan librarse de un poco de la culpa que cuelga como un halo opaco sobre el seno de todo partido liberal del planeta.
Hay otro asunto del que no me quiero quedar callado cuando hablo de las idioteces que dice nuestro extremista. Dicen que «hay algo en lo que, por fin, idiotas y no idiotas [todavía no puedo saber quién conforma este último grupo], estamos de acuerdo: el primero de nuestros problemas es la pobreza» . Para el que lea esto superficialmente sin tomar en cuenta las implicaciones de esta jerarquización no comprenderá el error que se ha cometido. Si, en verdad, la búsqueda de la eliminación de la pobreza ha sido el principio fundamental de todos los gobiernos, la causa de su fracaso, entonces, está en las propias bases. La pobreza no es más que una consecuencia de otros problemas más profundos de la sociedad y la burocracia (por ejemplo, la misma existencia de una burocracia) que jamás podrá ser eliminada si un gobierno se enfoca en ello. No quiero caer en lugares comunes, pero es exactamente el caso de «arrancar la hierba mala desde la raíz»: la pobreza es una de las ramas de esta hierba mala, pero la raíz llega a profundidades demasiado lejanas para ser solucionadas por una única ideología que, en vez de concentrarse en su trabajo (el mejoramiento de la sociedad), se encarga de asegurarse su puesto descalificando a sus rivales (quienes van detrás de la misma irresponsabilidad). La pobreza continuará creciendo así haya desaparecido temporalmente de la población si otros de los problemas más importantes no son ni siquiera tocados. ¿Que cuáles son? No es difícil toparse con la ineficacia irreverente de la organización burocrática, es de ahí de donde surge otro problema gravísimo, el de la corrupción; aparte de éstos, podemos contar a la misma diferenciación de clases económicas, cuando (si acaso han de mantenerse las divisiones sociales) deberían ser de índole intelectual y de méritos antes que de capital y contactos; también están las leyes desproporcionadas en cantidad, legislando sobre asuntos que no requerirían en la naturaleza de ningún árbitro estatal, ergo, alimentando a la burocracia ineficiente que nombramos antes. Se trata, claramente, de un círculo vicioso que es causa, a su vez, de la pobreza y otros males que aquejan a la sociedad latinoamericana. Son éstos, además de otros tantos problemas, la raíz de la mala hierba, y no la pobreza como dice el trío de autores idiotescos.

Arrogancia liberal

Estos tres liberales no sólo son idiotas, sino arrogantes también, una relación que podría comenzar a llamarse una redundancia. Al principio, el principal enemigo del liberalismo era el nacionalismo, luego pasó a ser el fascismo, más tarde el comunismo y, hoy en día, es el socialismo. Todas estas ideologías tienen algo en común: la arrogancia y la idiotez. He aquí otra cita que extraje con asco, con guantes y con pinzas del libro:
Todo esto naufragó en Europa a comienzos de los años ochenta, como secuela de la crisis de 1973 y más tarde a raíz del desplome del comunismo, de modo que hasta los herederos de una izquierda de estirpe marxista acabaron por aceptar, en los hechos y a regañadientes, la solución liberal no como la mejor sino sencillamente como la única viable en el manejo de la economía.
¿Con qué moral vienen a decir estos hipócritas que los latinoamericanos ven a los líderes socialistas con una perspectiva mesiánica y arrogante, cuando ellos se ven a sí mismos y a su propia ideología de la misma manera? Este fragmento no es más que una profecía de proporciones bíblicas en la que nuestro amado trío de idiotas configuran sus cerebros como los salvadores de la humanidad, los enviados divinos para sacar de la podredumbre a los seres humanos, los elegidos de entre los comunes, la solución última a los problemas, «cómpranos, y verás que te sacamos de la mugre»…, cuando en verdad son pocos de tantos demonios políticos cuyo último interés es hacer el trabajo que les corresponde, siendo su prioridad el mantenimiento del poder: aquí el liberalismo se convierte en puro populismo y demagogia.
«Es que, como ya lo hemos dicho, las ideologías son testarudas» . No hace falta decir más.

Latinoamérica no está ni en Europa ni en Asia

Me he extendido más de lo que esperaba, y eso que he tenido que saltarme otras idioteces para no hacer de este ensayo una lectura más tediosa de lo que ya lo es. Quizá no tediosa en un mal sentido, sino que, al leer tantas citas de idioteces, me arriesgo a contagiar al inocente lector de ese mismo mal tan… liberal.
Hay que resaltar el empeño (y de esto exculpo a los autores) que tienen los analistas latinoamericanos de comparar una y otra vez a la región con otros países bastante remotos en cuestiones geopolíticas, culturales, económicas y sociales. La historia de Latinoamérica no se asemeja a ninguna otra que se haya desarrollado en otros lugares del planeta. Una cruenta y despiadada conquista; una colonia terriblemente mal organizada y clavada como un ancla oxidada a una metrópoli decadente, derrochadora y vaga; una guerra de independencia relativamente larga y de connotaciones civiles antes que de internacionales; un período republicano fragmentado por el caudillismo más irresponsable y descuidado del mundo; una continua sucesión de golpes de estado, revoluciones e insurrecciones espontáneas que detuvieron cualquier posibilidad de desarrollo; una marcada inestabilidad política fruto de la mala administración gubernamental, las esporádicas dictaduras y el bajo aprovechamiento de los recursos naturales; etc.
Todos estos son factores que no pueden repetirse en ninguna otra región de la Tierra, por lo que no resulta pertinente cotejar el desarrollo de las naciones latinas al lado de otras como los tigres asiáticos, la Unión Europea y los mismos Estados Unidos de América . Nuestro continente tiene que ser analizado con otros matices, basándose en las diferencias con otras naciones antes que preguntarnos el porqué no somos como ellas.

Innegables ideas de los idiotas

Aun así, hay que leer El regreso del idiota también desde un punto de vista menos crítico y más constructivo, por lo tanto, me veo en la obligación de resaltar algunos aspectos en los que no se equivoca el idiota liberal. Tal es el caso del concepto que tienen sobre la demagogia y el populismo:
Podríamos definir al populista, exquisita variante latinoamericana del demagogo, como aquel que despilfarra dineros que sabe ajenos en nombre de aquellos a quienes se lo expropia –y para colmo entre aplausos de foca de las propias víctimas–… Aquel que se empeña en abolir el derecho en nombre de todos los derechos, sabiendo que todos son lo mismo que ninguno.
Es muy cierta esta definición del populismo, un mal de aquellos que son la raíz de la mala hierba, pero además es necesario aclarar que es un asunto de fondo ideológico y, para su solución, es necesaria la reforma de los partidos políticos, de la nivelación de las prioridades que ofrecen las alternativas, de manera que los procesos que se van dando a largo plazo no se vean interrumpidos por la transición de una ideología a otra, destruyendo cualquier esfuerzo que se invirtiera en la solución de algún problema crucial.
Otro análisis que hacen los liberales en el libro es referente al indigenismo. En el capítulo «¿Indígenas o disfrazados?» hacen una fuerte crítica a los movimientos indígenas que han ido surgiendo durante el siglo pasado y el mismo en el que vivimos hoy, estas manifestaciones etnicistas son, en su esencia, perjudiciales por naturaleza, porque se aprovechan de una diferencia racial para descalificar y eliminar a su competencia. El indigenismo es sólo otro perfil del racismo, sólo que aplicado a los aborígenes nativos de América en vez de su popular identificación con los negros africanos y su rechazo injusto durante el Apartheid y la lucha por los derechos civiles en EE.UU. Siguiendo un silogismo, podríamos hasta determinar semejanzas entre las ideas del gobierno indigenista actual de Bolivia con respecto a la infame raza aria del nacionalsocialismo alemán y el fascismo italiano de Mussolini, además de la teocracia antropófaga que se vivió durante la Edad Media y de la que todavía quedan lamentables vestigios en el Medio Oriente.
Preguntándose los autores cuál era el factor que determinaba el desarrollo de las naciones, concluyeron correctamente en uno muy claro: «el clima institucional» . Éste es, tal vez, el principal problema que tienen los países latinoamericanos porque dentro de él se incluyen la burocracia, la corrupción, las leyes inútiles y el resto de las raíces del perjuicio. Y también, junto con la determinación de la situación a resolver, se presenta un inconveniente aun más complejo: cómo perfeccionar el clima institucional. Es ésta una pregunta que resulta un reto extremo para los politólogos y los filósofos, ya que la variedad de respuestas es igual a la variedad de fracasos en la aplicación de las mismas. Los hombres más nihilistas podrían llegar a pensar que es imposible corregir a las instituciones, pero a veces es mejor perseguir una utopía que conformarse con una distopía.

Marzo de 2008.

Tácito cazador

Cuando abrió los ojos, estaba parado en medio de un patio con un accidentado suelo de concreto, entre cuyas grietas salían a respirar delicados tallos de hierba verde, unos más altos que otros, pero grama en su totalidad por igual. Le resultaba poético ver cómo el herbaje enfermo, a pesar de ser tan frágil y que parecía estar agonizando, luchaba contra la dureza impenetrable del cemento y lograba vencerlo contra todo pronóstico natural y gracias a la alianza del planeta con el tiempo, que puede derrumbar cualquier montaña de hielo y hundir toda isla artificial construidas por el hombre. Era la eterna batalla entre la naturaleza y la humanidad y, al parecer, la victoria al final siempre pertenecería a los vástagos de la tierra.
Creía estar solo en aquel descampado, pero la verdad era que estaba mejor acompañado que nunca. A pocos pasos a su retaguardia estaba su padre, vestido a la ligera, quien ayudaba a un niño que se había tropezado con una grieta peculiarmente grande que dejaba salir a un alto matorral; el muchacho, de no más de una década de vida, debía de ser su hermano, supuso. Ambos tenían ceñidos en la cintura una delgada hoz que no podría haber cortado ni siquiera una hogaza de pan, pero, aun así, la cargaban; su padre tenía, de paso, un bastón opacado por el humo de sus cigarros que había sido tallado por una tribu
de indios en la lejanía selvática del sur a pesar de que el hombre no tuviera ningún impedimento para caminar correctamente. Era, como la hoz, un mero adorno para un tradicional día de caza. Sólo los vio a ellos, pero sentía (y sabía) que aún más gente los apoyaba escondidos en las arboledas que rodeaban al patio de concreto y hierba, cargados con los mismos utensilios inútiles que tenían sus parientes.
La caza, sin embargo, no había empezado. Para el momento en que su hermano se había levantado del suelo, salvándose por poco de ser matado por el gigantesco matorral que pareció crecer con la caída del niño, se dio cuenta de que no sabía qué era lo que estaban cazando, y de por qué necesitarían hoces romas para el objetivo. Su padre se le acercó para continuar con el camino. Escuchó el sonido de las hojarascas que pisaban los hombres que los protegían desde las sombras: la compañía se había puesto en movimiento y ellos debían seguir su andanza también.
Se volteó dándoles la espalda a su padre y a su hermano, mirando directamente a la continuidad infinita del camino que había de seguir. Lo que antes había sido un espacio descubierto pero cerrado en forma de cuadrado se había convertido en una clara senda de concreto que cortaba el bosque en dos, cruzándolo como un río y dejando a los árboles la labor de sombra necesaria para el caminante cansado que decidiera echarse en los costados del sendero, a salvo tanto de la luz perversa del sol como de las maldades incontables de la intemperie. Podía ver a lo lejos que la hierba se convertía en algo más siniestro todavía, casi cobrando vida propia y gritando su odio eterno por los cazadores que pretendían acercarse. Una advertencia observaron todos cuando, proveniente del fondo del camino, una víbora sin cola se arrastraba velozmente y esquivando con agilidad las grietas del concreto; el animal comenzó a elevarse inexplicablemente y fue sólo cuando se encontró a una muy cercana distancia de los cazadores que ellos pudieron ver la razón de la nirvana repentina de la serpiente: dos pares de patas del color de la tierra le habían crecido y las escamas se habían empezado a transformar en pelaje, mientras que los anillos de la elegante piel del reptil se habían unido todos en la cabeza de la criatura para dejar relucir dos curvos y blancos cuernos. El toro pasó de largo con la misma rapidez de la víbora, refunfuñando bravamente y dejando salir de sus ojos humores verdes que señalaban el paso raudo del rumiante. Estremecido por el episodio, supo que no podía detenerse. El padre, inmutable, aconsejó seguir el rastro del toro hasta el lugar de donde había salido y, sin terminar de escuchar sus palabras, los hombres que se escondían volvieron a hacer su escándalo de hojas secas, dejando claro que la familia debía ponerse en movimiento.
Así lo hizo, deteniéndose de vez en cuando para oler el líquido verde que había dejado el animal. No pudo saber, por más que se parara a pensar y procesar profundamente el olor, de qué sustancia se trataba, era algo que nunca antes había sentido y, sin embargo, existía. Continuó caminando, sin percatarse siquiera si sus seguidores permanecían detrás de él, andando derecho al final del camino, donde, probablemente, lo esperaba su presa, tan impaciente por verle que había tenido que enviar al toro reptil para indicarle el camino más rápido. Pronto, el suelo de cemento pareció estar mucho más cuarteado, esta vez cortado en perfectos cuadrados separados entre sí por gruesas líneas de grama, que, con el aumento de los pasos, se hacía cada vez más alta y más frondosa. Los matorrales eran ahora un verdadero obstáculo para los cazadores, pero parecía no molestarles para nada a los hombres que los seguían desde la arboleda.
Logró evitarlos todos magistralmente hasta alcanzar un claro en donde no se alzaba ninguna planta, el único color verde era el del rastro del toro que todavía continuaba. En el medio de este nuevo patio se detuvo, notando que todos los que le seguían hacían exactamente lo mismo. Se agachó para escuchar el suelo, antigua técnica de caza, pero antes de que su oreja tocara el piso, éste comenzó a romperse secamente. De las nuevas grietas surgían, a velocidades anormales, hierbas de todos los tamaños y perversidades; tanto crecían, de hecho, que más de una dejó ver sus transparentes raíces hasta salir flotando de la tierra. Y era de estos agujeros dejados por la falta de plantas que salieron las serpientes.
Centenares de serpientes, todas anilladas, todas de colores distintos, todas de tamaños diferentes (incluso las medidas más ridículas que podrían imaginarse en un reptil) emergían del fondo del suelo; muchas, incluso, carecían de ojos y era imposible decir dónde empezaba y dónde acababa la criatura. Otras aparecían muertas sin siquiera salir de los huecos, aparentemente aplastadas por una fuerte bota como la que llevaba puesta. Se arrastraban grotescamente por el cemento pero no atacaban a nadie, y su hermano, inocente como lo exigía su edad, preguntaba constantemente a cualquiera que lo estuviera escuchando si todas ellas se convertirían en toros. El padre, no obstante, trataba de matar a las culebras con su bastón decorativo (sabiendo perfectamente que con la hoz no podría hacer nada) pero no pudo ni tocar a alguna.
No se había inmutado en lo absoluto, veía todo como un mero testigo del suceso, como el niño que ve a través del vidrio del terrario a una boa peligrosísima sin estar asustado. Vio cómo se habían aparecido unos tres mulatos que empuñaban machetes y que gritaban desesperados para proteger al niño y a su padre, pero parecía que el otro hijo había desaparecido por completo, a pesar de que podía verlo todo parado desde donde estaba. Inesperadamente, sintió la angustia terrible de las situaciones mortales y ordenó a gritos que lo siguieran afuera del claro serpentino. Así lo hicieron todos, quedándose inmediatamente callados y caminando con orden y disciplina. Pero el patio parecía no terminar nunca. Notó que, mientras más caminaban, las serpientes se reducían en número, dejando solamente unas larvas babosas, semejantes a lombrices un poco más grandes para su naturaleza, que se arrastraban erráticamente por el concreto grumoso.
Sintió un alivio al haber dejado a las víboras atrás, y cerró los ojos para echar un suspiro de salvación. Pero cuando los volvió a abrir, los gusanos inofensivos se habían convertido una vez más en las serpientes que tanto temía volver a encontrarse. De nuevo la angustia, de nuevo los gritos… de nuevo la sorpresa.
Pudo escuchar un chillido distinto esta vez, que provenía, seguramente, de la garganta de una mujer a sus espaldas. Volteó en seguida para averiguar de quién se trataba y se encontró solo y rodeado por las serpientes. El alarido femenino volvió a sonar, cada vez más cerca. Pestañeó. Vio a su madre parada entre las víboras, sosteniendo una escopeta y apuntándole. Ella abrió su boca y volvió a gritar por tercera vez. Clamaba su nombre. El ruido terrible se agravaba con los instantes, hasta detenerse en un estruendo brusco y nítido que silenció el sonido, pero no le cerró la boca a la mujer.
La presa había caído fulminada y era ahora el alimento de las serpientes. Varias de ellas no tenían ojos, pero las que sí podían ver tenían amarrados alrededor de sus escamas cinturones con hoces sin filo e, incluso, una de ellas arrastraba un palo ennegrecido como el apéndice siniestro que llevan los ancianos que dependen de un bastón para no tropezarse con las grietas del camino.

6 de marzo de 2008

De cómo se hacen los milagros

Uno ya no puede esperar sorpresas provenientes de la Iglesia Católica desde que montaron al nuevo Papa Benedicto XVI en el mando del Estado más rico del planeta –y uno de los más pequeños, cabe acotar–. Sin dedicarme ahora a poner en duda los fundamentos de esta monarquía arcaica y ultraconservadora que arrebata arbitrariamente uno de los monumentos artísticos más importantes de Italia, como lo es la Basílica de San Pedro, hogar de la increíble Capilla Sixtina de Miguel Ángel, además de un centenar de obras invaluables y el arsenal de conocimientos ocultos más codiciado y protegido del mundo, no puedo dejar pasar los recientes «milagros» que han realizado por arte de magia los teólogos del Vaticano.
Recordando un poco lo que hace unos años informó al mundo el supra-cura Ratzinger, cuando declaró un buen día que resultaba, ¡ah, caramba!, que ya no existía el Limbo. Pues sí, al germano se le ocurrió la maravillosa idea de mandarlo a derrumbar, o bien recibió un memorándum de su demiurgo refiriéndole que Él había decidido clausurarlo permanentemente del Purgatorio. Hogar supuesto de las almas que no fueron bautizadas en el cristianismo (según el paseo de Dante a través de los estratos de la vida post-mórtem de los cristianos, en donde se encontró con algunos de los hombres más admirables de la historia universal que, ¡oh, desgracia!, no tuvieron el «privilegio» de nacer luego de que un loco, que se llamaba Simón, tergiversara las enseñanzas del filósofo esotérico Jesús, se cambiara el nombre a Pedro y fundara el imperio social más longevo de la historia), ¿no se le ocurrió a Benedicto XVI dónde reubicar a todas esas almas que se vieron «expropiadas» de sus parcelitas cuando quitó al Limbo de los registros del catolicismo? «¡Que se pudran Homero y Virgilio, no eran católicos!» pudo haber pensado el Pontífice.
Pero ahora, más allá de la capacidad milagrosa del Papa para derrumbar lugares fantásticos, cuarenta de sus teólogos subordinados y esparcidos por todo el mundo, como espías de la Inquisición, han encontrado, al parecer, que detrás de una de las tablas de Moisés había una nueva que, ¡ay, descuido!, no habían notado antes. Es esta la tabla en donde se encuentran grabados los nuevos «pecados informáticos», que, ¡por supuesto, cómo no se les ocurrió antes!, se aplican a la nueva era de Internet. Pues resulta que Moisés, por allá en el siglo XIII a.C., había tenido una revelación acerca del futuro tecnológico de la humanidad y, muy precavido el caballero, se encargó de anotar los pecados que pudieren ser penalizados cuando surgieran dichos avances. Y ahora, tras cuidadosas traducciones, la Iglesia ha declarado oficialmente los siguientes como delitos contra la fe (preste atención porque, muy probablemente, es culpable de la mayoría de ellos):
1. Usar programas sin la correspondiente licencia.
2. Crear y difundir virus informáticos.
3. Enviar e-mails anónimos o con direcciones y datos falsos.
4. Bajarse ilegalmente de Internet música o películas.
5. Robar programas informáticos.
6. Enviar spam.
7. Ser un pirata informático y violar la privacidad y la seguridad de los sistemas informáticos.
8. Abusar del chat y dar falsas informaciones sobre uno mismo.
9. Crear o entrar en sitios pornográficos.
10. Cometer adulterio a través de Internet.
«Perdóneme padre, porque he pecado» será la frase más popular entre los cristianos en los siguientes días.
También existe otra alternativa con respecto a la creación de estos pecados. La misma podría ser que, de la nada, a Ratzinger se le ocurrió (o le vendieron, como pudieron haber notado los lectores al leer varias veces las palabras «licencia» e «ilegalmente») inventar esos pecados. Su ser supremo, enterado sorpresivamente de este nuevo edicto, habrá tenido que posponer todos sus trabajos pendientes (que han de ser bastantes) para volver a juzgar a todas las almas con la medida de esta nueva tablilla de delitos religiosos, reasignando milagrosamente las almas a nuevos lugares de descanso. ¿Es, acaso, esta opción más fantasiosa que la primera? No, simplemente es otro de esos mitos bíblicos que la gente todavía está empeñada en creer.
¡Cuidado! Eso no es todo.
Por si fuera poco, más recientemente aún –teniendo en cuenta que los «pecados informáticos» existen desde junio del 2007–, la Iglesia ha afirmado que también han recibido de las manos de Dios otros, éstos llamados los «pecados sociales». El responsable de esta información es un tal Monseñor Gianfranco Girotti, quien dio a conocerlos el fin de semana pasado. Entre estos nuevos pecados destacan: la manipulación genética (¡ay, cuidado con tocar a las criaturas de Dios!); el daño al medioambiente (la revolución verde tocando a los vástagos de San Pedro); la acumulación excesiva de riquezas (y ¿quién sabe si hasta una revolución roja dentro de las filas eclesiásticas de Europa?…); el narcotráfico y el consumo de drogas (sin comentarios).
¿Si alguna vez he lanzado accidentalmente un papel al suelo… me iré al infierno? ¿Si soy un científico que se preocupa por el progreso de la medicina y de la biología al experimentar con las verdaderamente milagrosas células madre… no merezco el cielo? ¿Si soy un dueño de empresa que se ha esforzado toda su vida por ahorrar cierto capital para su tranquilidad futura y para la de sus hijos… debo «donar» así como así mi dinero a la Iglesia? ¿Si sufro de una condición que requiere de drogas para sanarme… debo dejarme morir para no ofender a Dios? No, lector, no interrumpas tu rutina y modo de vida por los caprichos estúpidos de los curas. No te dejes convencer por el palabrerío falaz de los pseudo-teólogos del catolicismo. No existe tal cosa como el pecado, sino las expectativas que tiene una religión decadente para ti, para el control más amplio de sus súbditos ciegos y para su enriquecimiento personal.
Estas arbitrariedades papales que lo que hacen es jugar con la mente de los feligreses que aún mantienen, son las pruebas más actuales sobre las mentiras que le ha vendido el catolicismo apostólico romano al mundo occidental por casi dos mil años, evitando el progreso de las sociedades a nivel tecnológico, no vaya a ser que el hombre descubra la verdad y no necesite nunca más de un pomposo líder espiritual paternalista que lo controle y lo guíe por el camino que más enriquezca a su Vaticano querido.

10 de marzo de 2008.

Insomnio

El insomnio es una lucidez vertiginosa
que convertiría al paraíso en un lugar de tortura.
–Emile Michel Cioran

La distancia que separaba al carro de Rebeca Romero del misterioso jeep azul era de menos de un metro. La camioneta, ya vieja, que iba detrás se mantenía siempre demasiado pegada del parachoques trasero del triste Volkswagen, más viejo aún, que conducía una mujer madura, de pequeña talla, con pelo y ojos negros, heredera de una familia de alta alcurnia ahora venida a menos por culpa de la inflación y el despilfarro. La única no-española de una generación de cuatro hijos todos ibéricos, y ella. Su cara solía mostrar gestos tranquilos y cariñosos, lo que le daba la virtud de no poseer casi ninguna arruga a los cuarenta y cinco años que ya le pesaban sobre el resto del cuerpo. Pero en ese momento, mientras huía del sospechoso jeep azul, las muecas que expresaban sus ojos y el resto de su talante carecían de cualquier tipo de bondad y tranquilidad. Los nervios la traicionaron haciéndole brotar las arrugas que nunca antes había tenido que padecer, aunque la situación de ese instante no le daba tiempo de verse en el espejo para quejarse de los síntomas de su vejez. Estaba siendo perseguida por un intrigante jeep azul.
La carretera por la cual trataba Rebeca de evadir a su perseguidor no la ayudaba en nada. Era estrecha y semejante a las sierpes; tan parecida era, en efecto, a una serpiente que, al final de ella, un par de colmillos rojizos se alzaban desde el suelo. Dos conos fosforescentes que señalaban el fin del camino, advirtiendo a los automovilistas que en ese lugar un hueco había sido abierto, una de las tantas obras del alcalde que, para ganar las muy próximas elecciones, estaba aprovechando para hacerle <>. Dos conos que podrían significar el veneno mortal de Rebeca Romero si no cambiaba su ruta pronto. Pero su cazador no le dejaba ni un segundo para pensar en qué cruces girar para lograr perderlo en aquél laberinto intricado de asfalto, pinos y tranquilas urbanizaciones de la clase alta.
Y, por lo tanto, Rebeca no vio los avisos de ‹‹Hombres trabajando>>, conduciendo directamente a las fauces de la serpiente negra. El conductor del suspicaz jeep azul, por otro lado, sí había leído el letrero, pero su hambre de malquerencia era más fuerte que sus ganas por vivir. Seguiría a la pobre mujer del Volkswagen hasta que ella chocara y destruyera su carro, satisfaciéndole a él el placer de la muerte ajena, que tantas veces antes había tenido el privilegio de disfrutar.
La dulce mujer continuó, cada vez más asustada por las circunstancias, viendo por los espejos retrovisores demasiado frecuentemente, desviando su mirada de la sinuosa carretera por la cual manejaba, lo que era crucial para su supervivencia. El apurado jeep azul llevó la persecución a otro límite todavía más crítico prendiendo y apagando las luces delanteras intermitentemente y forzando el motor a propósito para aterrorizar a su víctima, y cada vez estaba más pegado del inocente Volkswagen. Y Rebeca reaccionaba a los nuevos sustos con más velocidad y más miradas nerviosas hacia atrás, tratando de divisar la cara del desgraciado que la perseguía a través de un vidrio profundamente ahumado.
Fueron tantas las ojeadas que le dedicó a su verdugo sonriente –porque lo único que de verdad notó en el conductor del horrible jeep azul fue la blanca sonrisa de placer característica de los asesinos en su orgasmo psicótico– que descuidó por completo el tesoro que llevaba en el asiento del pasajero. Un bebé de pocos meses, su segunda hija: una niña llamada Raquel.
Fue entonces cuando los filudos colmillos de la carretera devoraron el Volkswagen de Rebeca Romero, haciéndolo caer en el profundo agujero de las obras públicas y escupiendo cada parte del automóvil íntegramente, sin soltar, no obstante, a Rebeca y a su hija. El mismo carro se llevó con él a cinco trabajadores que no tenían nada que ver y que sólo desempeñaban la voluntad del alcalde. Y justo cuando el incomprensible jeep azul estaba a punto de cumplir el mismo destino que el de su víctima, la sonrisa del desgraciado conductor se desvaneció entre fuego, humo, polvo… nubes de ensueño y la oscuridad de la noche.

Dos metros encima del suelo de madera sobre una litera se encontraba el cuerpo medio dormido de Raúl Ventura. Sus párpados, quemados por dentro por los fuegos del accidente, se abrieron sobresaltados intentando calmarse en la oscuridad como si ésta fuera agua y sus ojos, en verdad, estuvieran cubiertos en llamas. Primero los abrió y luego levantó su torso del colchón blanco, curtido ahora por el sudor que derramó mientras soñaba; golpeó su cabeza de una viga del techo (cosa que no era rara en esos levantes repentinos), lo que le revolvió todavía más su confundida cabeza. Se llevó una mano a la frente para calmar las palpitaciones mientras volvía a cerrar los ojos, esta vez con fuerza, sintiendo de nuevo las flameantes piezas del carro de Rebeca Romero. Todo había sido una muy vívida pesadilla, pero ya había despertado.
Cuando se le bajó la sangre de la cabeza, volvió a abrir sus párpados, esta vez lentamente, devorando poco a poco las pocas luces de su habitación y respirando cada vez con más tranquilidad. Comenzó a sentir el sudor que ya llevaba horas botando y se quitó la camisa sintiéndose fresco y libre del flamígero calor onírico de la madrugada; lanzó la camisa empapada y sucia a un pequeño gabinete que estaba a los pies de la cama, llevándose consigo una pancarta casi arrancada de una de sus películas favoritas, una clase de rótulos abundantes en todo cuarto de un joven adolescente como Raúl Ventura.
Bajó de la litera –como siempre solía hacer– de un solo salto por el costado, descendiendo los escasos dos metros y cayendo parado. Fue al baño a refrescarse la cara con agua fría y luego regresó a la habitación para ponerse una camisa limpia, pues comenzaba a sentir las gélidas temperaturas del páramo en la noche. Volvió a subir a su cama escalando las escalerillas de metal, ya oxidadas por el uso y el tiempo. Raúl se dispuso a dormir de nuevo: apagó las luces una vez más, se acomodó la almohada y cerró los ojos, tratando de eliminar todo pensamiento acerca de la reciente pesadilla. Pero ese intento de suprimir el recuerdo del terrible sueño que acababa de tener lo enterraría bajo una serie de cavilaciones completamente inconexas que, muy lejos de dormirlo, lo mantendrían despierto por el resto de su vida.
El pensar es la facultad humana que más difícilmente se puede esquivar, pues está en todas las cosas que hacemos. Pero sólo el sueño profundo puede apartarlo, dejándolo a un lado mientras éste (el último) se adueña por unas horas de la mente del hombre. Dormir es, primero que todo, el descanso del pensamiento, luego el del cuerpo; pero si el pensamiento no quiere descansar, el cuerpo no podrá reposar… a menos que la mente se separe de él, dejándolo solo en el mundo para que descanse todo lo que quiera. A menos que la vida abandone al cuerpo. Ése fue el terrible primer pensamiento que cruzó por la cabeza muy despierta de Raúl Ventura luego de levantarse de la pesadilla del aterrador jeep azul.

…A menos que la vida abandone al cuerpo. ¿Y qué significa eso? Pues no otra cosa más que la muerte, eso es. ¿Qué hago yo pensando sobre la muerte a esta hora de la noche? Quizá sea por el sueño que acabo de tener, la pobre señora y el bebé explotando con el psicópata por detrás… ¡Si sigo pensando en eso volveré a tener la misma pesadilla! Tengo que pensar en otra cosa más aburrida para poder dormirme.
Algo como la noche. Aburrida es, no hay duda: oscura, sin nada que pueda ser visto por ojos cansados, y, si no hay nada que ver, no hay nada de qué pensar. ¡Y si no pienso inevitablemente debo dormirme! Es así: por eso la gente duerme durante la noche. Tiene que ser la razón, no puedo encontrar otra; además, si ahora me pongo a buscar otra causa del sueño, entonces sí que jamás voy a poder dormirme de verdad. Pero estoy seguro de que si sigo pensando sobre ella lograré dormirme al final. Veamos: la noche es oscura y negra, características que le quitan cualquier atractivo y diversión, aunque si hay una gran luna la lobreguez puede convertirse en un verdadero espectáculo… pero la idea no es preocuparse de las maravillas de la noche, si no de su capacidad de hacerme dormir. Así que adiós luna, no eres bienvenida a mi cabeza. Me acabo de dar cuenta de algo: es cierto que en la noche no hay nada que ver y nada de qué pensar, pero ya ese hecho te da de qué pensar, ¿no? ¡Qué carajo! ¡Claro que sí! Estoy pensando sobre la noche.
Maldita sea ella y su luna. Asquerosa mácula blanca que mancha la profunda melancolía de un cielo bien negro. ¿Por culpa de qué maldición azarosa fue la luna a parar en medio de la noche? Es demasiada luz para un momento tan sórdido, dañando las peculiaridades de las sombras: como la de hacer dormir a la gente. Vamos a ver cómo está la luna esta noche… blanca, qué maldita desgraciada. ¡Blanca y luminosa! Es lo único que no cuadra en las tinieblas, porque al menos las estrellas son comedidas en su blancura, brillan poco pero lo suficiente como para señalarnos el camino mientras caminamos a la medianoche. Pero la luna no, ella tiene que brillar más que las pobres estrellas, deslumbrándolas a ellas y a nosotras las gentes que sólo queremos dormir.
Asquerosa mácula blanca que mancha la profunda melancolía de un cielo bien negro. Bien negro como un buen café puro. Su sabor amargo y áspero es lo que necesito ahora para poder apartarme del mundo y caer en el sueño. Ese aroma carente de azúcar, es el color negro que puede observar la nariz. En verdad que ese saborcillo tan singular me haría tan bien para caer en la somnolencia… ¿Qué digo? Si voy y me preparo un café a estas horas de la madrugada no podré dormir nunca más.
Por cierto, me da curiosidad saber cuál es la hora. Déjame buscar mi reloj en la repisa debajo de mi cama y… ¿No está? ¡Qué insoportable! Volví a acostarme con él puesto alrededor de mi muñeca, ya es la segunda vez que me pasa esta semana. Podrá ser una tontería, pero, luego de dormir con él apretándome las venas con su cuero negro, siempre despierto con la mano izquierda demasiado sudada y un calor simpáticamente agobiante justo en la muñeca de ese brazo. Odio esa sensación. Ya me lo quito, no quiero despertar mañana con el brazo sudado, además de haber ya sufrido eso con la pesadilla del accidente. ¡Las cuatro de la mañana! Y yo todavía intentando dormirme; dentro de unas horas saldrá el sol y entonces sí que no podré ni cerrar los ojos por la luz y el calor. En verdad éste es un buen reloj: cuero negro del mejor, con ciertas incrustaciones de metal que semejan a tornillos de hierro y sin números que señalen las agujas, en el mejor estilo moderno y minimalista, que hoy en día está tan de moda. Muy bueno este reloj, lo he tenido desde hace un par de años y no he tenido problemas con él, sólo el segundero que de vez en cuando se detiene y entonces deja de ser entretenido quedarse viéndolo mientras pasan los segundos esperando a alguien en algún lugar donde se suponía que íbamos a encontrarnos.
De paso que el cine de ayer estuvo terrible. Que conste que he dicho el cine y no la película –en verdad ésta no tuvo nada de malo–, lo que de verdad daba pena ajena fueron los acomodadores incompetentes, parece que los sacaran de los basureros, es obvio que jamás habían servido a un cliente antes… qué poco tacto, se nota que sólo en este país ocurren ese tipo de…
¿Qué fue ese ruido? Sonó como el metal chocando con la madera. ¡Ah! Seguro que fue la litera, la habré movido con mis piernas sin darme cuenta mientras pondero todas estas estupideces sin sentido. Aunque, ahora que lo pienso, llevo bastante tiempo durmiendo en esta cama. No tiempo de horas, me refiero a que ya lleva muchos años conmigo. ¿Podrá ser que la litera se esté dañando? En cualquier momento podría caerse por mi peso y yo podría clavarme accidentalmente uno de los tubos de metal que sostienen el colchón. ¡Coño! En efecto, en las últimas semanas me he ganado unos cuantos kilos que seguro se deben a estas épocas navideñas… ¿Y si en serio se rompiera? ¿De verdad podría morir? Me asomo por el costado y veo los dos metros que me separan del parqué, pero por una caída así es imposible que muera alguien, en todo caso –y muy difícilmente– podría romperme alguno que otro hueso, pero nada más allá de la medicina de esta época.
¡Uff! Acabo de sentir un escalofrío demasiado profundo. Juro que sentí como si la tabla que sostiene el colchón se rompiera en dos haciendo volar astillas por todas partes y yo caía al suelo, atravesado por uno de los tubos de metal rotos y oxidados. ¡Lo juro! Sentí hasta el vacío en el estómago de la caída, y hasta aprecié cómo el cilindro me cruzaba el torso. Una experiencia sobrecogedora en verdad, pero al menos ahora me siento listo para dormir. ¡Finalmente!

La policía llegó pocas horas después del amanecer para llevarse el cadáver. Era un escenario inverosímil y, aun así, había ocurrido. Probablemente durante la noche anterior, pues habían comprobado que el cuerpo no llevaba demasiado tiempo muerto a pesar de que ya había perdido demasiada sangre por la mortal herida.
Uno de los oficiales, inmaduro por naturaleza, de los que le tomaban las fotos a la escena del accidente, le hizo un comentario con un fuerte grito que cruzó la casa hasta la cocina a la sargento de policía, que se encontraba con la madre del cadáver.
—¡Eh, Raquel! ¿Recuerdas la gran luna de anoche? Jamás la había visto tan blanca—dijo el hombre que, probablemente tras escuchar al forense decir la hora de la muerte aproximada, se acordó de lo distintivo que había sido dicho astro durante esa madrugada.
El sonido del comentario atravesó el ronco ruido de la cafetera de la casa que tenía la familia Ventura en la cocina hasta los oídos de una tal sargento Raquel Romero, quien había aceptado la oferta de Clara, la madre del difunto, de tomarse un café mientras discutían sobre lo sucedido… y Clara lloraba por el infame azar que se había llevado a su hijo. Raquel suspiró de vergüenza y molestia, retractándose de haber tenido una relación de una sola noche (justo aquélla) con aquél oficial tan inmaduro. ‹‹¡Hombres!››, pensaría Raquel Romero mientras dejaba el café tomado a medias y todavía humeante en un mesón de la cocina y miraba su reloj de pulsera. ‹‹Ya era más del mediodía››, volvió a pensar la sargento criticando mentalmente la simplicidad e insipidez del accesorio más útil de toda persona, después de un sombrero, por supuesto. Justo doce horas antes había salido del cine con el oficial inmaduro que había lanzado el grito.
De súbito, un ruido fuerte hizo voltear a Raquel Romero de nuevo hacia la cocina para encontrarse que se debía a la porcelana rota de la taza de café de Clara, la madre, quien la había dejado caer a causa de la debilidad y el sufrimiento por la muerte de su último hijo.
Mientras tanto, de nuevo en la habitación del accidente, el resto de los policías observaban atónitos el espectáculo repleto de astillas. Un nuevo oficial, que había llegado hacía pocos minutos bajándose de un inconfundible jeep azul, se unió a la escena al notar gran número de patrullas estacionadas afuera de la casa.
—¡Teniente! ¿Qué hace por aquí?—preguntó Raquel Romero, que había dejado a la señora Clara, la madre, con otro oficial para que la consolase para que así ella pudiera revisar bien el accidente.
—Vi un montón de carros en la calle, supuse que necesitarían ayuda—dijo tontamente el Teniente.
—En verdad no la necesitamos—respondió tajantemente Raquel Romero—, usted mismo lo dijo: hay bastantes patrullas afuera.
—Si bueno, tienes razón—dijo el Teniente, y continuó como si aquél diálogo no hubiera ocurrido—. ¿Qué curioso, no? ¿Quién iba a pensar que una litera era tan peligrosa?
—Es muy anormal, nunca había visto un caso así, la verdad yo también estoy sorprendida, debo admitir—aceptó la sargento Romero.
Inexplicablemente, al hombre se le dibujó una sonrisa cruel en los labios, lo cual molestó a Raquel Romero dadas las circunstancias.
—Un niño acaba de morir y una mujer se quedó destrozada y sola, ¿cómo puedes sonreír en un momento así, Raúl?
—Por nada, ni me hagas caso—respondió el Teniente Raúl dirigiéndose a la puerta para volver a montarse en su misterioso jeep azul y regresar a su turno de patrullar las calles serpenteantes y estrechas entre los pinos del páramo. Al parecer, el alcalde estaba realizando obras públicas nuevamente, para variar, y necesitaban a alguien para que se encargase de que no hubiese incidentes lamentables.

16 de septiembre de 2007